Justicia y venganza
Las seis Furias se disponían alrededor de la mesa, cubierta con los planos digitales de las calles de Néa Athína, del banco, de los accesos desde el alcantarillado cercano. Las armas de los oficiales también se encontraban sobre el mueble de plástico improvisado, en el interior del campamento para esta operación, situado detrás del precinto de coches policiales. Fuera reinaba el caos de una situación extrema, pero dentro imperaba la marcialidad.
-Los rehenes están distribuidos a lo largo del salón principal del banco, frente a las ventanas. Las cámaras, antes de ser desactivadas por los terroristas, mostraban un perímetro con cuatro de ellos con rifles de asalto, máscaras de gas y chalecos de kevlar. Probablemente armas de Midgard, compradas en el mercado negro, esta gente sabe lo que está haciendo y tiene financiación y entrenamiento, o militar o paramilitar. No parece que sean prometeanos, no es su estilo, pero eso de todas formas es preocupación para los detectives a cargo del caso, a nosotros solo nos importa las consideraciones tácticas.-
La voz del líder de la unidad, el Capitán Diomedes Taurinos, sonaba firme y segura. Esto era para lo que entrenaban, lo que hacían, esto era el día a día de las Furias de Athína. Su propia patrona, la verdadera Erinia Alecto era conocida por ser absolutamente implacable, imposible de detener, una fuerza antigua y primordial a la que los mismos dioses temían. Algunas historias decían que las Erinias eran incluso más antiguas que los Olímpicos, divinidades cthónticas de las profundidades del Hades que surgieron cuando Cronos capó a su padre Urano y ellas nacieron de esa sangre. Titanes por derecho. Diomedes no sabía si era cierto o no, lo que sabía era que su sed de justicia corría por su interior con la misma ferocidad que lo hacía en las venas de su divinidad personal.
-¿Ha habido derramamiento de sangre? ¿Algún atentado contra los dioses, o internos a una familia?-
La pregunta podría parecer casual, pero si la Sargento Mitara preguntaba no era porque lo fuese. Al contrario, ella y todas las Furias reunidas sabían la importancia de esas cuestiones. Si se derramaba sangre la ofensa era más grave y se permitía el uso de armamento letal en la operación. Si había habido daños a una familia a manos, especialmente, de uno de los suyos, entonces la letalidad de la operación aumentaba considerablemente. Si algo de eso tenía que ver con la sangre o las familias de los Dioses o los Elegidos, entonces podían usar las reliquias que guardaban para situaciones extremas... e incluso era posible que, si la ofensa implicaba sangre divina en especial, las propias Erinias interviniesen con su venganza.
-De momento no. Pero tenemos aprobación judicial para ir equipados como si hubiese habido derramamiento de sangre, el Arconte que lo ha aprobado considera alta las probabilidades de que ocurra antes de que colapsen las negociaciones y quiere que estemos preparados para lo que haga falta.-
Hubo un asentimiento unánime y un cierto alivio entre las Furias. Pensar que podían llevar todo el equipo para la situación era algo que les daba seguridad, no entrarían con armamento menor y luego la situación escalaría fuera de control. Y con el equipamiento paramilitar de los secuestradores, si tenían que escalar pero no estaban equipadas, podía ser trágico el desenlace.
-Hay otra cosa...- la voz de Diomedes se detuvo un instante-. Creemos que han traído consigo a Tatiana de Athína, la famosa presentadora y Elegida de Atenea. Como sabéis, ella no sigue el aspecto marcial de su Matrona, y su juventud en la divinidad la hacen poco útil en esta situación. Creemos que eso es lo que ha permitido que un grupo bien entrenado la haya secuestrado y traído aquí, quizás para acceder a su recursos privados en la cámara acorazada.-
Se hizo un silencio, todos sabían lo que eso implicaba, aunque como siempre el Capitán dio las órdenes igualmente. Nada quedaba al azar.
-Así que la Sargento Mitara cogerá el Arco de Artemisia de Caria y liderará su escuadra en el descenso al subsuelo, a rescatar a la Elegida y neutralizar a los terroristas que allí estén. Yo lideraré mi escuadra en asegurar la planta principal y rescatar a la mayoría de rehenes.-
El silencio era opresivo aunque durase solo un instante. Bajar sería la parte más peligrosa, y que el Elegido de Alecto no pudiese hacerlo ponía en riesgo las vidas de las tres Furias que deberían descender allí. Siempre era así, pero era algo que a ninguno de los presentes les gustaba, y fue Hector el que dio voz a la inconformidad de la unidad.
-¡Esto es una mierda! Las Erinias no comparten sangre con los dioses, y menos con Atenea la Sabia, no estarías derramando sangre familiar si le rozas accidentalmente un pelo a la periodista.-
Diomedes bajó la cabeza, sabía que Hector solo ponía palabras a lo que todos pensaban, él mismo incluido. Y eso solo lo hacía todo más frustrante. Fue Mitara la que respondió, sin embargo, mientras se dirigía al arcón blindado de las reliquias para coger el Arco.
-Ya sabes como es esto, Hector. No se puede correr riesgos. Nuestras órdenes no son contrarias a la rehén Tatiana de Athína, de modo que cualquier acto violento entre ellos, aunque fuese no deseado, sería potencialmente verter sangre de un familiar divino si lo hace el Capitán. El Rey del Olimpo decretó hace tiempo que todos los dioses son familia al fin y al cabo, y nadie quiere comprobar hasta qué punto las Erinias hacen caso o no a sus dictámenes.-
Hector se sacudió incómodo en la armadura táctica de Furia que vestía. Sabía que la Sargento tenía razón y sabía que ella sería la que más riesgo correría con todo esto, pues incluso si ella no era Elegida si hacía correr la sangre de Tatiana de Athína, las Erinias podían considerarlo un grave crimen e intervenir directamente. Sacudió la cabeza con mayor fuerza antes de hablar.
-¡Pero no es justo, joder! Nosotros aquí jugándonos la vida por los rehenes contra unos terroristas bien equipados y las Erinias no hacen nada porque no es suficientemente importante. Entramos nosotros, cometemos una cagada o la cosa se pone jodida por accidente, y nosotros nos convertimos en su objetivo y no los terroristas. ¡Es que no me jodas!-
-No juzgamos a los dioses, Hector, solo seguimos su camino- la voz del Capitán sonó tan cansada como el coro de "Epai" con el que le respondieron las otras Furias, más por inercia que por convicción.
Las dudas fueron interrumpidas cuando sonó la radio. Las conversaciones se aproximaban a su final y la negociadora sabía ya que no lograría una resolución pacífica de la situación. La radio solo confirmaba que el tiempo de paz había terminado y que la ciudad dejaba libre a sus propias Furias para que hiciesen lo que era necesario.
Para eso habían entrenado. Para eso habían trazado el plan y cogido el equipo. Esta vez las cosas no se solucionarían sin sangre vertida, tenían permiso del Arconte para armamento definitivo y sin duda iban a tener que usarlo. El Capitán Diomedes miró a sus cinco compañeros de armas, dos escuadras completas de tres Furias cada una, una fuerza prácticamente a imparable en una situación así, y se preguntó si todas volverían a encontrarse en el furgón cuando todo acabase. Bajó el cristal de su casco táctico mientras todos se ponían en marcha y, aunque fuese de día, la oscuridad cayó sobre ellos proveyéndoles de su manto de protección. Pues los terroristas pronto iban a descubrir lo que es enfrentarse a la justicia y venganza divinas, aquel manto de invisibilidad no era más que el comienzo de sus poderes y su leyenda.
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