El jugador de juegos
Le conocí en Baltimore, una tarde encapotada de mediados de otoño, cuando el viento húmedo arrastra las hojas de los árboles desde el mar. Es curioso que recuerde ese detalle ahora, tantos años después, pero debía ser octubre o algo por el estilo. Yo salía de ganar un torneo de poker en el casino local, como había hecho muchas veces, y esperaba gastarme una parte importante del premio en una semana de fiesta y descontrol. Incluso había escogido ya el yate que iba a alquilar y con el que pretendía alejarme de la ciudad en dirección sur, hacia el Caribe, las margaritas y las playas. Realmente no se qué me llamó la atención de él, un hombre algo mayor y bien vestido que jugaba a solas al ajedrez en un parque. Quizás el hecho de que era el único jugador que había allí, en un día que ya requería un abrigo para poder moverse con comodidad por la ciudad. O tal vez el amor que destilaba cada vez que levantaba una pieza y hacía un cuidadoso movimiento, quedándose quieto luego durante minutos mi...