La promesa envenenada
Apolinia se removió por enésima vez en un minuto, cambiando las sábanas de posición y reajustando la almohada con fastidio. Odiaba estar presa en un hospital, no lo necesitaba, su cuerpo sanaría por si mismo con tiempo. Una bomba de nada no la iba a detener, solo le daba más motivación para levantarse de la cama y ponerse en marcha. Pero no podía, se lo había prometido a Epíone, la Elegida de Aceso que había venido de Néa Athína para atender a los heridos del atentado. Irónico que fuese una ateniense la que estuviese curando a espartanos. -Voy a reventar a esos prometeanos. Voy a esparcir sus intestinos y derramar su sangre sobre un altar como tributo de una buena cacería en nombre de Artemisa y como mensaje a todos los otros idiotas que hay sueltos por ahí. ¡¿Cómo se atreven?!- -Eso ya lo has dicho, honorable Diarca.- La voz de Menelao llega quebrada desde la cama de al lado, el joven todavía está con fuertes dolores porque se ha negado a recibir anestesia, o cualquier medicina p...