El poder de los laureles
-Siempre he dicho que si algo puede robarle el poder y el protagonismo a los dioses, es esto...- desde su palco, el Rey Philippo VIII de Pella movió el brazo para abarcar el estadio frente a él, lleno hasta los topes de asistentes, banderolas de las distintas polis, y atletas paseando tras las enseñas.
-¿Las Olimpiadas, querido marido?- el sarcasmo cariñoso en la voz de la Reina le quitaba peso a las afirmaciones, que habían alzado la mirada de más de uno de los asistentes.
-Sin duda son el mejor ejemplo, pero me refería más bien a los deportes. Según las últimas cifras de audiencia que he visto, hay más gente viendo las carreras del stadio durante la liga anual que gente que atiende a los grandes oficios; y no hay mucha menos que preste atención a las carreras de vehículos o a los torneos de lucha.-
-Cuidado con vuestras palabras, Majestad, estamos en Olympía, Zeus el Portador de la Égida todo lo escucha en su ciudad preferida- Argo, su consejero de confianza se apresuró a intervenir, como buen espía no temía tanto que le escuchasen desde el Olimpo mismo, sino otras tecnologías más mundanas.
-Que escuche quien quiera, en lo alto de la montaña o en las calles de la polis, lo que digo es verdad. Este es el evento más glorioso del mundo. Los irlandeses pueden tener sus combates, y los aztecas sus partidos de pelota... pero las Olimpiadas no tienen igual. Durante esta semana, somos la envidia y el centro de atención del mundo. Observa este espectáculo, hijo, y dime qué ven tus ojos.-
El Príncipe Alexandros meneó la copa de vino en su mano con fastidio, inclinándose hacia el frente mientras se frotaba el entrecejo con fastidio. Hubiera preferido estar en el privado de cualquier discoteca de la ciudad en vez de perdiendo el tiempo con la ceremonia de apertura de los juegos.
-¿Qué quieres que diga, padre? ¿Algo profundo sobre la gloria de ganar los laureles? ¿O sobre la banalidad de los juegos cuando se los compara con los dioses? ¡Pan y circo! ¿No es eso lo que decían los romanos?-
-Cuidado con hablarle así a tu padre- intervino la Reina Helena- y más en público.-
-Déjalo, querida, algún día será Rey y tendrá que lidiar con estas cosas. Pero no, Alexandros, no es eso lo que tenías que ver. Observa de nuevo.-
La mirada del monarca se volvió al lugar de entrada de las delegaciones, en el momento en que el Sol de Vergina apareció por el portón; siguiendo al portaestandarte, todos los atletas macedonios entraron saludando alrededor, alegres, nerviosos, excitados. Corredores, luchadores, pilotos, lanzadores de disco o jabalina. Entre aplausos de los visitantes de la ciudad, abucheo de aquellos de ciudades rivales, y algarabía generalizada. Cada cuatro años, las Olimpiadas paraban el mundo.
-¿Un montón de zorritas en leotardos?- el comentario y las risas de Polifemo, el menor de los Príncipes del reino, fue recibida con miradas heladas de sus padres.
Del otro lado del joven, su preceptor le dio una bofetada para que sus padres no tuvieran que hacerlo. De todos era sabido que el más joven de los descendientes era una vergüenza. Pero el destello de furia en la mirada del joven hacia su profesor personal demostró que, una vez más, no había aprendido la lección.
-¿Nuestra delegación entrando por la puerta, padre?- fue la tímida respuesta de la mediana de los descendientes reales, la Princesa Helena como su madre llamada.
-No solo la nuestra Helena, todas. Durante cada Olimpiada se paran las guerras, se detienen los debates en la sede de la Liga, se pausan las discusiones en todas las Ágoras. Durante una semana, la mirada del mundo se vuelve a esta ciudad y durante ese tiempo un espartano y un ateniense comparten bebida y comida mientras su competitividad se vuelca en el deporte. En los coches de carreras, en los atletas desnudos y aceitados que pelearán y correrán, en los discos que deben volar cruzando el cielo. Y la gloria que una ciudad llevará de vuelta a casa con los laureles de oro en honor al Rey del Olimpo. Su voz será la primera en ser escuchada durante las reuniones de la Liga hasta las siguientes olimpiadas, su guía será vista con buenos ojos por el resto de polis, sus ciudadanos mirarán con orgullo alrededor sabiendo que los dioses los consideran sus favoritos.-
-¿Entonces, es todo espectáculo y política, padre?- preguntó Alexandros, con un gesto cínico en su boca.
-No has escuchado a tu padre. No es espectáculo y política, es honor y respeto- intervino la Reina-. Somos lo que somos porque los dioses así lo han decidido. Todos esos atletas que ves desfilar por el estadio no compiten solo en sus nombres y egos, lo hacen en nombre de sus polis, de sus gentes. Es un honor, es una responsabilidad, como portar la corona... aunque a algunos les quede mejor que a otros- terminó Helena con una sonrisa seductora a su marido, promesa de cómo terminaría aquella noche entre sábanas.
-Bah, el dinero y las apuestas importan más que las viejas tradiciones. Padre mismo lo dijo cuando comentaba antes sobre la audiencia de los eventos deportivos, mayor que la de los templos- el cinismo del primogénito se notaba en cada una de sus palabras-. Estoy seguro que esta noche, mientras la mayoría duermen, podría bajar a buscar a los deportistas y por mucho que hables de gloria y honor, venderían a su ciudad por una cantidad suficiente de monedas. El dinero y el espectáculo mueve el mundo... padres- terminó, con falso respeto.
-¿De qué les sirve el dinero sin honor? ¿De qué sirve el espectáculo si no une a las gentes? Nosotros, como la familia real, nos debemos a nuestra polis, pero también se deben a ella todos sus ciudadanos. Sino seríamos solo perros, como el antiguo Diógenes, sin tierra ni lugar donde realizarse como persona.-
-Epai- dijo su esposa, asintiendo con el viejo saludo-epíteto, abreviatura habitual de "loados sean los dioses". Numerosos de los miembros del palco repitieron la palabra, incluida la princesa, pero ninguno de sus dos hermanos.
-Si los dioses son tan importantes, ¿por qué no bajan ellos a correr en el stadio o a conducir? ¿Y por qué cambian de favoritos como si fueran mis sábanas después de la visita de alguna de las sirvientas a mi alcoba?- preguntó Polifemo, riendo solo ante sus burdos comentarios.
-Cuidado, joven Príncipe, o vuestro hubris será vuestra caída- la advertencia del jefe de espías encontró eco en los asentimientos de cabeza de otros miembros del consejo.
-O quizás sea vuestra esposa, Argo, la que caiga empalada esta noche en mi polla- el más joven de los príncipes desafió al jefe de espías mirándole directo a los ojos.
La tensión se cortó un momento, el viejo consejero no podía responder a la ofensa pero tampoco podía amilanarse. Fue la Princesa Helena la que rompió el mismo con un comentario comedido.
-No es para nosotros juzgar por qué los dioses hacen lo que hacen, ni lo que esperan de nosotros, hermano querido- pese a la formulación, de todos era bien sabido que no había cariño entre los hijos de los monarcas-. Solo un idiota se creería que puede esperar respuestas de lo más alto o lo más profundo, y solo un necio se enfadaría al recibir silencio como único retorno.-
-Quizás hermana. Quizás. O quizás simplemente entenderás que hay cosas más importantes que los dioses una vez que el inútil de tu prometido te folle en condiciones. Aunque supongo que ese enclenque nunca será capaz de empotrarte como se debe y te pasarás la vida amargada en los templos como una vieja antes de tiempo. Yo- dijo el pequeño de los tres, poniéndose en pie- voy a dejaros a todos disfrutando de este espectáculo y voy a buscar a alguna joven fácil de impresionar a la que pueda poner de rodillas antes de que la luna se alce. No querríamos que la inocente Artemisa viese lo que le voy a hacer a esa chica, ¡que la muy sagrada virgen bien que se ruborizaría e igual empieza a tener ganas de perder su pureza!-
El más pequeño terminó su vaso de vino y abandonó el palco antes de que su preceptor pudiese darle una nueva bofetada, mientras abajo entraba la delegación de Lesbos en el estadio, entre vítores de unos y abucheos de otros.
-Esto, Alexandros, es lo que obtienes cuando no hay respeto, ni honor, solo egoísmo- dijo el Rey Philippo mirando a su heredero-. Los símbolos son más poderosos e importantes que todo el oro, las acciones de las grandes empresas o los millones de seguidores que ven este evento. Porque no es solo la excitación y los nervios los que atraen las miradas, sino todo lo que hay en juego. Esos laureles que puedes ver en el centro del estadio, valen más que cualquiera de las coronas de Monarcas y Presidentes, esos laureles son el acuerdo sagrado entre lo divino y lo humano. Entre la polis y sus habitantes. Entre nosotros- señaló al palco a su alrededor- y ellos- terminó, señalando al estadio en general.
La única respuesta fue el bufido del primogénito, mientras sobre el estadio comenzaban a estallar los fuegos preparados y sonaba la música que daría apertura oficial a una semana de festejos, de nervios, de tensión, de deporte, de poder, de ambición y de gloria.

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