Asfalto y sangre


Con la caída de la noche, el asfalto de la ciudad empieza a dejar escapar su calor, capturado a lo largo de un día de euforia, sol y competición. En ningún lugar de las siete colinas es eso tan evidente como en las curvas, las largas rectas, las chicanas, las rasantes y la línea de meta del Novus Circus Maximus. Con sus algo más de seis kilómetros de distancia, no hay circuito en el mundo que se le compare. Y solo las Olimpiadas compiten con el Gran Premio de Mercurio que se celebra aquí, ante las balaustradas siempre llenas de espectadores. Los puristas dicen que debería ser el premio de Hermes, pero a nadie le importan los sacerdotes cuando los semáforos pasan del rojo al verde y todo se entrega a la velocidad, en busca del favor de Niké.

Hace al menos un siglo que ninguno de los dioses Elige a nadie de entre los pilotos que disputan el dominio del circuito. Y eso le encanta a las multitudes. El sueño de que cualquiera puede llegar a sentarse en las carlingas de las máquinas más poderosas, apretar el acelerador, oír el motor rugir y saber que, desde ese momento hasta el final es todo cuestión de habilidad. Sea en las cerradas curvas del Gran Premio de Poseidon en Heraklion, el Gran Premio del Rayo en Pella donde la velocidad es reina, o los adelantamientos más peligrosos del Gran Premio de Apolo en Archaía Thebai, solo los mejores pueden triunfar. Ego, habilidad, seguridad, confianza, adrenalina... y todos saben que ninguno puede compararse al campeón del circuito de Rome, el más técnico y espectacular de todos. 

A diferencia de los circuitos de otras ciudades, el corazón rugiente de este se encuentra bajo tierra, como en la gran arena de gladiadores y boxeo de la ciudad. El subsuelo es el reino de los ingenieros de las distintas escuderías de cada ciudad estado, un espacio lleno de herramientas, mecánicos y cronómetros de optimización. Lo llaman la Vulcanus Fabrica, aunque una vez más los sacerdotes se enfurecen de que se usen los nombres paganos en lugar del más apropiado Hefesto. Pero este no es su mundo, su palabra no es ley. Aquí solo mandan el destornillador hidráulico, el combustible de alto octanaje, el cálculo preciso de pesos y líneas aerodinámicas. Dominados por la legendaria escudería Magna, de la alta Macedonia, cuyos vehículos superan a todos los demás. Coches, motos y otros vehículos salen de la polis montañosa y dictan normas estéticas y mecánicas como divinidades de acero y caucho. 

Pero Rome es una cruel amante, cuyos favores se ganan con sangre más a menudo que con cualquier otra moneda. La enorme población esclava se amotina con frecuencia, negándose a trabajar en sus factorías y luchando por su libertad. Solo apaciguados por el pan y circo. Y entre los callejones, matones y mafiosos se hacen buen dinero con negocios paralelos, especialmente las apuestas en deportes, tanto legales como ilegales. Y puesto el sol, la ciudad es suya, como lo es la Forja en esta nocturnidad concreta.

El matón se está limpiando la sangre de los nudillos con una sonrisa socarrona. Le gusta su trabajo, o al menos le gusta pretender que lo hace. Frente a él, tirado en el suelo, su espalda apoyada contra una rack de ruedas sin estrenar, el magnus mechanicus de la escudería favorita, se intenta limpiar los labios rotos y amoratados mientras mira a los otros hombres con temor en los ojos. Y el jefe se acuclilla frente a él, mientras su músculo da un paso atrás para dejarle espacio para obrar su magia.

-Solo tienes que hacernos ese pequeño favorcito y olvidaremos la deuda... ¿no es mucho pedir, no crees, con todo lo que has acumulado tras tus visitillas a los circuitos de carreras más... privados?-

Ambos sabían que era un eufemismo para los circuitos de carreras ilegales que se disputaban sus propios títulos y los sestercios que cambiaban de mano con pasión entre alcohol y chicos y chicas bonitas. Carne, adrenalina, bebidas y dinero, la base del negocio más próspero de la ciudad. Mayor que todo el comercio con el Reino de Cartago, más adictivo que las drogas de Heraklion, más poderoso que las asambleas de la Liga en Olýmpia y probablemente con más seguidores que los cultos de los antepasados.

-No puedo, no puedo hacer eso... ¡sería el final! Llevo toda una vida para llegar a ingeniero jefe, ¡esto lo arruinaría todo! Dadme solo una semana más, tras la próxima carrera...-

-¿Doi otra, gefe?- el matón habla con un tono de voz cerrado, casi difícil de entender y el mecánico se encoge contra las ruedas al oírle.

-Aún no, porque seguro que nuestro amigo va a entrar en razón, ¿verdad?- el mafioso se inclina más cerca del otro hombre-. Lo que nos debes no lo vas a recuperar en una carrera, Gregorikos, ambos lo sabemos. Y eso asumiendo que no lo apuestes todo en la próxima pelea del Magnus Colliseus, y seguro que ya tienes apalabrado el poner dinero otra vez por la libia, ¿verdad? Nos conocemos, Gregorikos, no hay un plan B a esto, o haces lo que te digo o te bañas permanentemente en el Tevere y ahí ya te dará igual lo que pasa con tu polis y tu escudería. Solo es una carrera, al fin y al cabo, podéis volver a ganar el año que viene...-

Porque esa es la dura realidad de Rome, con sus siete colinas, cuando se pone el sol sobre los circuitos y los estadios. Cuando la sangre se entremezcla con la gasolina, cuando las apuestas se manchan de aceite de motor y el areté se olvida a cambio del vil metal. Porque hay sitios que ni los dioses miran, o quizás simplemente les gusta lo que ven...

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