Divas y divinidades
La noche de Ephyra la Hermosa se ilumina con el incesante salto de los flashes de las cámaras fotográficas, cada uno de ellos una pequeña plegaria en el altar de la fama y el prestigio. Ni la cabeza de una gorgona puede atraer tantas miradas como la prensa rosa, y esta palidece cuando las estrellas caminan por las avenidas de la ciudad camino de un evento destacado, paseando sus vestidos de diseño, sus trajes perfectos y sus sonrisas de anuncio por encima de la alfombra roja. Un despliegue de quien es quien en las tendencias, modas, estilos y artes de la ciudad, desde directores famosos de los estudios de cine corintios, a modelos de pasarelas de medio mundo, actores adorados por la multitud, compositores capaces de conmover con un sonido de piano, dueñas de galerías de arte con la clientela más prestigiosa y tantos otros perfiles. Los socialites, la élite, las celebridades, adoradas en devoción solo por debajo de los dioses mismos.Una limusina se detiene al final de la alfombra roja, y cuando ella pone el pie fuera, roba instantáneamente todas las miradas, todas las lentes de las cámaras, toda la atención. Su sonrisa perfecta ilumina más que los focos de iluminación instalados en la avenida, su ligera caída de ojos y la forma en que enlaza su brazo en el de su acompañante arrancan suspiros de emoción, el suave oscilar de su cadera es una canción en si misma. Sinara. No necesita apellidos, el mundo entero la conoce. Y más en la presentación de la película más reciente que protagoniza, evento previo y exclusivo antes del comienzo del XXXVIII Certamen de Afrodita de las Artes Escénicas.
-¡Sinara, Sinara! ¿Quien es tu nuevo y galante acompañante?- la reportera pregunta atropelladamente, intentando hacerse oír por encima de los demás presentes, de los fans, del bullicio general.
-Él es Lukotorix, que viene de una pequeña tribu gala de la Bretaña para hacer carrera en el cine. ¡Y creo que lo va a hacer realmente bien!- la mirada de tierno cariño y amor de Sinara a su acompañante es devuelta en auténtico arrobo por el joven, cuya belleza es casi dolorosa de ver.
-Sinara, para Noticias de la Pasarela, ¿el vestido que llevas es diseño exclusivo de Mario Bruggi?-
-Oh, ¡cómo me conocéis! No podía venir a honrar a la Receptora de la Manzana con nada que no fuera lo mejor, ¿no?- acompaña sus palabras con una suave risa, mientras posa en distintos ángulos para las cámaras, su compañero ya completamente relegado a un segundo plano.
Y entonces llega la conmoción y el drama. Apartando a los presentes, un hombre fuerte y atractivo salta sobre la alfombra roja. Sus ropas son buenas, pero su aspecto es desaliñado, y la locura asoma a sus ojos. En sus manos, el cuchillo tiembla levemente, lejos de la firmeza y gallardía que muestra su portador cuando es el protagonista del más reciente blockbuster. Poco queda del apuesto actor que había sido Leónidas en la última adaptación dramática de la Batalla de las Termópilas, de su fiereza y heroismo. Solo queda la demencia en su mirada y el cuchillo que alza dramáticamente mientras las cámaras pivotan para capturar el momento para toda la posteridad y los presentes contienen el aliento.
-¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Eras mía! ¡Te amo, Sinara, te amo completamente, como este mequetrefe extranjero jamás podrá hacer!-
La actriz le mira manteniendo la sonrisa, levemente entretenida por todo el drama del momento, y da unos pasos hacia el actor. Su mano suavemente le acaricia la mejilla, trazando el firme contorno de la mandíbula, mientras sus ojos se entrelazan con suavidad. El momento sería tierno, de no ser por las palabras de la joven, cargadas de dolorosa verdad.
-Oh, ¡querido!, pero si tú eres taaaan del mes pasado...-
Sinara sonríe delicada y encantadoramente, como si no fuese consciente del corazón que está terminando de ser aplastado delante de ella. Como si no disfrutase del drama y la tragedia en marcha, en que un hombre ha puesto todo en riesgo por su atención y afecto. Ignorando deliberadamente cómo Lukotorix permanece en segundo plano, incapaz de atreverse a intervenir, mientras Giacco se debate con el cuchillo en la mano.
Y la tensión explota. Un instante las lágrimas cubren la cara del despechado intérprete, al siguiente el cuchillo está recorriendo la distancia que les separa. No es una estocada muy precisa, intentando apuñalar el corazón de la actriz apenas le logra hacer un corte en el costado, la sangre roja empapando el vestido plateado justo sobre la cabeza de la serpiente. Sinara ladea la cabeza suavemente, su sonrisa no se ha movido ni un centímetro, y se aproxima aun mas al hombre que la acaba de intentar apuñalar.
-Querido- le dice con su voz suave, encantadora, pero suficientemente baja para que los periodistas solo capten el tono y no las palabras-, te advertí cuando nos conocimos que no puedes manejarme. Y que si presionabas, si seguías mi camino, solo había dos posibles resultados: o estar casi tan alto como el mismo Olimpo, o caer a las profundidades del Tártaro. Y está claro lo que va a ser, ahora que me has agredido en público... casi puedo oír las sirenas de la guardia de camino.-
El horror asomó a los ojos del joven, el cuchillo ensangrentado cayendo sobre la alfombra roja casi sin hacer ruido. Su vida, su carrera, su todo estaba terminado. En un momento de amor, en un momento de locura. Había pensado que podía ofrecer algo que valiese el corazón de la más hermosa, pero Sinara había rechazado las pretensiones de Poseidón y de Ares mismos antes de ir con su Matrona Melpómene a perseguir su sueño de infancia como actriz. ¿Qué podía ofrecer un joven actor que no pudieran ofrecer el Dios de las Profundidades o el de la Guerra? ¿Cómo podía esperar otro desenlace a su romance, después de pretender a la Elegida de la tragedia?
Cayó de rodillas en la alfombra, dándose cuenta finalmente de que todo era un juego y él un mero peón y no el protagonista que siempre había creído ser. En las manos de dioses y heroínas, ¿qué era un simple mortal? Ni siquiera imploró perdón, sabía que no lo habría, pero sobretodo es que no le quedaban fuerzas ya ni para eso. Mientras la prensa se volcaba en la víctima, guardaespaldas y personal de seguridad corrían hacia él.
Este era el fin. Bello, dramático, inmortalizado para portadas y programas de cotilleos sería devorado por la prensa rosa, contribuyendo al éxito en historia y ventas de la película que se estrenaba y a la leyenda de todos los implicados. Sin saberlo, Giacco no había sido más que un sacrificio en el altar de mullido color rojo de Afrodita la Nacida de la Espuma. Ese era todo su papel en esta tragedia. Y en una semana, cuando estuviese encerrado en prisión, acaso en el Laberinto de Creta, nadie le recordaría ya ni lo que acababa de ocurrir, su historia y su vida eclipsadas por el siguiente drama en la ciudad más bella de la Liga.

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