A la sombra del agua
El muelle estaba tranquilo a aquella hora de la noche, bien iluminado por las farolas de la zona que marcaban las numerosas dársenas de carga que alimentaban sin parar los almacenes que se alineaban ordenados frente a ellas. Incluso a aquella tardía hora, el trabajo continuaba y las carretillas y grúas estaban descargando un enorme barco egipcio que había atracado apenas unas horas antes. Ophiussa, al fin y al cabo, nunca realmente duerme, siempre hay navíos entrando y saliendo desde cualquiera de los confines del mundo.
E igual que su ciudad no duerme, los dos estibadores tampoco lo hacían en aquel momento. No estaban de turno, pero nadie se pararía a comprobarlo, así que se movían entre los contenedores con una calma que claramente no sentían y era mera fachada. El más bajo de los dos, que miraba alrededor continuamente con temor, habló en el fresco de aquella noche.
-Esto es una locura. Aún podemos parar tío, no va a acabar bien. Se van a enterar y nos van a matar.-
-¿Quien se va a enterar? ¿Cuatro guardias malpagados? ¡No me jodas! Le podríamos robar mil millones e Ioannis ni se enteraría de que le desapareció esa pasta. Es un puto redondeo en sus cuentas, y tú y yo tenemos deudas que pagar, ¿o no?-
-Ya tío, pero que el millonario esté forrado no quita que es el favorito del Más Rico, y eso es meterse en problemas que son demasiado para nosotros. Deberíamos volver, ya pensaremos otra cosa tío, aún hay tiempo antes de que los prestamistas se cabreen.-
Su cuñado bufó con desdén ante el miedo de su familiar político.
-Puedes decir su nombre: Hades. Ha-des. ¿Ves como no ha pasado nada? Estás lleno de viejas supersticiones de vieja entrometida, no se qué hace mi hermana casada contigo. Es un misterio, ¿eh?-
Le propinó un suave codazo a su cuñado mientras seguían avanzando entre los contenedores en dirección al almacén de Viomichaníes Varkáridon, y ese pequeño gesto de camaradería tranquilizó un poco al otro hombre. Podían discutir y pelear a menudo, porque eran muy distintos, pero llevaban demasiados años siendo amigos como para que nada durase demasiado tan pronto pudiesen tomar un trago de tsipouro y echarse unas risas viendo alguna carrera de atletismo.
-Joder, no lo digas tío, vas a llamar a la mala suerte. Al Que Tiene Muchos Invitados nunca hay que llamarle por su nombre. Y menos si vamos a robar a su elegido, joder. Si es que a veces pareces tonto, malaka.-
-¡Venga ya! No se va a dar ni cuenta de que le han desaparecido unas pocas cajas de mercancía del almacén. Alguien tendrá que volver a hacer su pedido online porque este se perdió y listo. Y nosotros nos sacamos unos dineritos, todo está pensado ya, ¿eh?-
El pensamiento del más confiado de los dos se interrumpió frente al almacén, sus portones abiertos para dejar paso a una limusina negra. Y a través de los cristales del vehículo, la distintiva cara del hombre más rico de la Liga se pudo apreciar durante unos instantes, ajeno a la presencia de los dos estibadores que pretendían ser ladrones.
-¡Joder tío! ¡Está aquí! Esto es un error, tenemos que volvernos, nos van a pillar. Joder-joder-joder. ¡Malaka!-
-Tranquilízate, él no sabe que estamos aquí y tenemos las credenciales del otro día. Si está aquí será por otra cosa, ¿no? No puede saber que venimos. Así que mientras todo el mundo que haya ahí dentro le presta atención al jefazo y le lamen el culo, pues cogemos un par de cajas de RAM o cualquier cosa así y nos damos el piro. ¿Y quien se va a enterar?-
Su cuñado sacudió la cabeza con miedo mientras seguía al otro hombre por la puerta lateral. El guarda de seguridad, realmente más pendiente de ver lo que hacía el CEO que de comprobar sus documentos, les dejó pasar sin problema. Y pronto estaban dentro del enorme almacén, lleno de mercancía con destino a todos los confines del mundo. Compra online, entrega a domicilio en menos de 24 horas, con millones de clientes por minuto era el negocio más próspero de toda la Liga y uno de los motores del comercio de toda la región de Rodas.
Los dos estibadores se movían entre las cajas, contenedores y filas de mercancías, buscando una zona donde las cámaras no les fuesen a pillar. Conocían bien el almacén, habían descargado centenares de mercancías en él a lo largo de los años, y en la parte trasera siempre les había llamado la atención que había una zona de puntos muertos. Un fallo de diseño, había dicho el mayor de los dos, y el otro, nervioso, había asentido sin darle más vueltas.
A veces, actuar sin pensar, puede ser peligroso. Puede poner a unos hombres desesperados en un lugar donde no deberían estar, cuando no deberían estar.
Con el ruido habitual de la nave no se dieron cuenta, hasta que ya era demasiado tarde, de que el magnate empresarial estaba dentro de esa zona de cero vigilancia. Su traje era perfecto, negro pues era el único color que vestía, con los pequeños detalles de lujo que se permite alguien que no tiene nada que demostrar. Y no estaba solo. Frente a él estaba un enorme nubio de piel del color de la noche, vestido con lujosas ropas blancas decoradas con símbolos que ninguno de los dos estibadores entendían. Era el extranjero el que hablaba, en un perfecto griego pero con un marcado acento egipcio.
-... por eso su Majestad el Faraón, que eleva el sol cada mañana, ha solicitado que te contacte de esta forma discreta con la mayor de las prontitudes. Los numerosos negocios que nos unen, y el bienestar de nuestras naciones, puede depender de ello.-
Los dos ladrones deberían haber salido corriendo. Habría sido lo sensato, lo razonable, quizás incluso les hubiese salvado. Pero el carisma de los dos hombres les mantenía atados al lugar donde estaban, testigos de algo que no entendían pero les fascinaba a la vez. Un secreto traído por aguas profundas y oscuras, como en las películas que veían con sus esposas cuando iban al cine juntos.
-Agradecedle al Hijo de Ra todo lo que nos une, como siempre. Pero debo pediros, mi buen amigo, que seáis conciso. Para acudir con tanta prisa he tenido que ausentarme de una fiesta en mi casa, y si no estoy de regreso pronto mi falta será percibida.-
El nubio asintió, elegante, formal, educado, a las palabras del aqueo. Tocó suavemente el anhk de oro que destacaba en su pecho, que resplandeció suavemente al hacerlo. Una luz cálida, que parecía traer consigo el aroma del desierto y el papiro, llenó el espacio entre ambos hombres. En ese destello se materializaron los extraños signos de la escritura egipcia con sus jeroglíficos sacados directamente de una película. Ninguno de los dos testigos silenciosos del intercambio entendían lo que ponía, pero claramente los dos protagonistas del encuentro clandestino sí lo hacían. El nubio habló, mientras los símbolos en el aire cambiaban y se entremezclaban con imágenes sacadas de cámaras de grabación.
-Durante su paso nocturno por Duat, la Paladina del Halcón Lunar, protectora personal del Faraón, se extrañó ante la ausencia de ocurrencia. No fue atacada en todas estas horas por ninguno de los agentes y servidores de la Sierpe de las Profundidades, la Devoradora de la Luz, Apophis. Previendo una emboscada, dejó a sus acompañantes en la Barca Solar y se adentró en la oscuridad del Inframundo para localizar a los enemigos ocultos.-
El nubio hizo una pausa en ese momento, quizás por efecto dramático, quizás porque había escuchado algo. Los dos estibadores aguantaron el aliento, temiendo ser descubiertos, mientras Ioannis parecía agarrar con la mano uno de los textos de luz para examinarlo en más detalle. Silencioso, callado y concentrado. La voz de profundo acento del egipcio retomó la narración.
-No entendió bien lo que encontró en la sombra de la muerte. Pues aquellas criaturas que conversaban entre si, no eran nativas de nuestras tierras. Así que envió a su allegado de mayor confianza en mi busca, pues la Ibis de Plata todo ve y todo conoce. Y eso me ha traído hasta aquí con la mayor de la celeridad, para transmitir lo que ocurre antes de que la noche termine. Hace tiempo que he detectado que el caos se mueve en las sombras del Faraonato, la mayoría de mis compañeros no lo perciben, oculto como está. Pero mis ojos han distinguido los pequeños cambios, las alteraciones, los desajustes. Los diminutos problemas en el orden perfecto. Pero no hay forma de que alguien amenace realmente la utopía solar del Nilo...-
El nubio daba vueltas, y eso parecía impacientar al aqueo que, con un pequeño gesto de la mano, le recordó que su tiempo para aquella visita era limitado. El egipcio, claramente incómodo con las prisas, aceleró su relato, saltando partes del mismo, para llegar a lo que importaba.
-Creo que Apophis se está nutriendo de las tierras de la Liga. Y creo que las extrañas criaturas que La Paladina del Halcón Lunar encontró en las profundidades de Duat son sirvientes de uno de vuestros más antiguos enemigos; Typhon se mueve de nuevo, creando monstruosidades, dando fuerza a la oscuridad en mi tierra, pero también obteniendo de ella astucia y paciencia. Desconozco quien puede haberlo liberado de su encierro, ni por qué ha acontecido, pero no me cabe duda alguna de que el Padre de Todos los Monstruos está activo de nuevo.-
El empresario se acarició suavemente la barba, pensando en la revelación que le había hecho el consejero del Faraón. Typhon. Numerosos héroes y semidioses habían sido necesarios para derrotarle la última vez, y había sido un gran sacrificio. Incluso los dos estibadores conocían la historia. Sus enfrentamientos a lo largo de los siglos contra Zeus y muchos otros eran contenido habitual en la programación cinematográfica y en muchas de las obras de teatro, aunque los dos ladrones no podían permitirse asistir a este último.
-Es sin duda problemático. Gracias por la advertencia, viejo amigo, os deseo un buen viaje de regreso al sur. Solicitaré al Barquero que os permita el paso por el Lethe hasta que lleguéis al río que discurre bajo el desierto. Y hablaremos de nuevo pronto, cuando haya tenido tiempo de ver qué significa esto. Pues si Typhon está en movimiento, y alguien de la familia lo ha liberado, eso supondrá problemas para todos.-
El nubio asintió con solemnidad y, con un elegante movimiento de su brazo, se deshizo en una cascada de arena entremezclada con pequeñas motas de plata. Ioannis volvió entonces su mirada hacia los dos estibadores, sin ninguna sorpresa en sus ojos, perfectamente consciente de que ellos se encontraban allí desde el principio.
Quisieron correr. De verdad que lo quisieron. Pero sus pies no lo permitieron. Quisieron gritar. De verdad que lo quisieron. Pero el aire no tenía permiso para abandonar sus gargantas. Quisieron suplicar. De verdad que lo quisieron. Pero no había tiempo que perder en cosas inútiles.
Los negros ojos de Ioannis parecieron volverse líquidos mientras alzaba una de sus manos. De algún modo, en la misma había aparecido un reloj de arena de oro y cristal, y con un firme movimiento de la muñeca los granos oscuros de su interior comenzaron a cambiar de cámara.
-Decidle a mi Señor todo lo que habéis visto y escuchado aquí.-
No era una sugerencia. Era una orden. No había duda ni titubeo en sus palabras. Solo la certeza final, ineludible.
Los encontraron a ambos al día siguiente, muertos en el almacén. Aparentemente había sido un ataque al corazón. Los nervios de robarle a uno de los hombres más ricos del mundo y, sin duda, el más rico de la Liga y de toda la región de Rodas. Nadie se sorprendió, ¿qué podían esperar conseguir dos estibadores, robando al Elegido del Que Tiene Muchos Invitados? Sus viudas lloraron sus pérdidas, sin duda, pero la fortuna inesperada hizo que encontrasen dinero suficiente para pagar las monedas para los ojos de sus maridos y que pudiesen hacer sus travesías con el Barquero... y suficiente para devolver sus deudas y cubrir la educación de sus hijos hasta que fuesen mayores.
Nadie hizo preguntas. No se busca la explicación cuando no se quiere saber la respuesta. Hay cosas que es mejor dejar en el misterio.
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