Rituales de sexo y vida
La pista de baile al aire libre vibraba con las ondas musicales proyectadas desde los enormes amplificadores. En el cielo, las estrellas se entremezclaban casi invisibles con los focos, las bombillas de colores, el confetti que explotaba sobre el local. Y abajo, decenas de cuerpos se rozan, se frotan, se besan y se sacuden al ritmo del bajo que marca y dicta los tiempos de aquel ritual antiguo y nuevo, sagrado y profano. El humo llena la zona de baile, transformando esos contactos en juegos de luces y sombras, colores cambiantes y deformados, secretos gritados a pleno pulmón.
Las lenguas intercambian una pastilla entre risas y miradas cómplices que prometen mucho más por venir más tarde en la noche. Los barman y bargirls sirven copas de todo tipo y color continuamente, mientras el dinero cambia de manos: dólares, dinares, rublos... de cualquier rincón del mundo, como sus dueños anteriores, todos vienen de fiesta, a divertirse, a bailar y follar en Heraklion. Amores que nacen, amores que mueren, dramas, infidelidades, experimentos donde nadie juzga, experiencias todas irrepetibles entretejidas en el denso telar que forman las subidas de la voz de la vocalista deformada y gestionada por los programas de edición, por las mezclas de la DJ.
Y es que Pinelopi es capaz de tejer las emociones de la multitud reunida frente a ella, como si ajustase los platos y las rotaciones de la mesa de mezclas con las justas necesidades de cada uno de ellos. Como un susurro en sus oídos diciéndoles que bailen, que beban, que disfruten. Porque nada hay más importante que la celebración de estar vivos, libres, felices y entregados al momento. Carpe diem, que dirían los romanos, pero la Elegida de Dionisio nunca ha perdido el tiempo estudiando a los clásicos, ni siquiera terminó la enseñanza obligatoria antes de huir de un padre abusivo a crear su propia vida entre los hoteles gigantes, las playas llenas de cuerpos bronceados y las pistas de baile cubiertas de sudor.
Ella baila suavemente en su puesto elevado sobre la pista, su mano izquierda sosteniendo el auricular de los cascos en sus oídos, mientras la otra danza ajustando los diales para crear el siguiente subidón para la multitud. El muro de sonido estalla sobre los bailarines que saltan, gritan, cantan con fuerza. Y se dejan llevar, bebiendo, besando, consumiendo la siguiente pastilla que alguien les pase. Da igual con quien, dan igual las consecuencias, da igual el mañana porque solo existe el ahora, el momento mágico, el instante.
No son del todo conscientes de que su voluntad ha desaparecido bajo el embrujo musical que teje la divina Elegida. Tampoco ella sabe del todo lo que está causando, como todas las noches en las pistas de Heraklion, pues está tan perdida en el ritmo de los sintetizadores como lo están los turistas que alimentan la ciudad. Por eso todas las discotecas se pelean por tener a Penelopi al frente de sus equipos sonoros, pero ella solo acepta aquellas que siente que son las correctas, por motivos que nadie parece capaz de comprender.
Pero si les abandonamos en esta fiesta eterna que se prolonga desde que amanece hasta que vuelve a hacerlo, días tras día, trayendo la polis a la vida y referente del hedonismo y la vitalidad, veremos que no solo la discoteca donde Pinelopi actúa hoy está así de llena. Las plantas bajas de los complejos hoteleros, las fiestas en los garitos de las playas, los clubes más selectos y exitosos, los restaurantes más rompedores y experimentales, los clubes sexuales más extremos... todos se entrelazan en la ciudad bajo el mandato real y el apoyo de los dioses. Invisibles a todos ellos, un ejército de esclavos mantienen todo en movimiento, cambiando las sábanas cubiertas de semen en los dormitorios, rellenando las reservas más caras de las vinacotecas, reponiendo las bolsitas de píldoras y polvitos mágicos que serán consumidas pronto... y tantas otras funciones lejos de la mirada de los ricos y poderosos, de los jóvenes y narcisistas, de los hedonistas y fiesteros.
Y con ellos, igual de invisible, hay una guerra teniendo lugar. Pues Heraklion siempre ha sido la niña bonita de Poseidon. Para él se sacrificaban toros y por enfurecerle se construyó la prisión más famosa de la Liga: el Laberinto. Su templo era uno de sus referentes, pero el santuario cada vez es visitado menos a menudo porque los viajeros que llegan de todo el mundo son seducidos por la música de Pinelopi, por las drogas y las horas de sexo en el hotel, por el tiempo de bronceado en la playa y los muchos otros placeres de Dionisio. Pero Aquel que Hace Temblar la Tierra no deja pasar las cosas, no es conocido por su capacidad para el perdón ni el olvido de los insultos. Y con cada nuevo seguidor que se entrega a las orgías dionisiacas o es iniciado en sus misterios, un agravio más es añadido y la ira del Rey de las Profundidades crece.
Pronto, muy pronto, será hora de la venganza. Pronto, muy pronto, será hora de recordar a los habitantes de Heraklion quien es de verdad su Papito. Y no es ninguno de los idiotas que rapean sobre sexo, ni las que gimen en los micrófonos.
Comentarios
Publicar un comentario