En el centro del mundo

 

El mundo entero se extiende a los pies de Athootica. No se puede estar más cerca del omphalos sin volver al interior del santuario de Apolo donde la mayor de las Pythias recibe audiencia. Helena era algo más joven que la Elegida de Harmonia, pero a través de sus labios escapaban una sabiduría que trascendía y aterraba a la ateniense en igual medida. Y los ojos de la oráculo mostraban una tristeza que había conmovido su corazón.

Frente a ella, descendiendo lánguidamente en el sol del mediodía, la senda de los peregrinos discurría entre templos y tesorerías. El legado y la historia de los grandes momentos de generaciones y generaciones de aqueos, amazonas, romanos y troyanos. El lugar donde polis y naciones se juntaban y ponían de acuerdo, tan transitado y densamente ocupado que en cuatro ocasiones los héroes del pasado habían alzado la montaña misma como parte de sus gestas, para hacer lugar para los templos de las otras cuatro Pythias, y a más espacio para ofrendas, estatuas y edificios. El Tramo del Origen, el de Cadmeo, el de Hippolita, el de Artemisia y el de Vincius que colindaba ya con la urbe conservadora y tradicional a los pies de la montaña. La tradición asignaba a cada uno de esos tramos distintos tipos de meditaciones sobre la propia vida y las plegarias a los dioses, que llevaban al postulante desde la tranquila y pequeña ciudad  hasta la famosa escritura "conócete a ti mismo" que formaba parte del frontispicio oracular.

Pero la joven es parcialmente ajena a todo ello. Sin duda, Delphi era todo lo que había imaginado y soñado en su casa de Néa Athína, probablemente más. El primer y único sitio que había visitado de momento, y en su magnificencia y esplendor la hacía sentir pequeña. No lo había notado al principio, cuando había llegado acompañada de los otros Elegidos, pero ahora era una sensación casi opresiva sobre Athootica, aplastándola desde arriba, robándole el oxígeno del pecho. Solo quería echarse a llorar. La maravilla de los dioses, pero también lo que implicaba.

A lo largo del peregrinaje se había dado cuenta que, desde que Harmonia la había Elegido, había permanecido escondida en Néa Athína, intentando que su vida fuese como siempre. Como las heroínas de sus novelas favoritas, que normalmente son reluctantes a la llamada de la aventura y el destino al comienzo de las historias. Pero ella no se veía capaz de cambiar el mundo como ellas, no era una inteligente hechicera como Hermione, o una guerrera y revolucionaria como Katniss. Ella solo era una voluntaria en una ONG, nada más. 

Y una, además, tirando a tonta e inútil.

Eso le habían dicho demasiado a menudo. La última vez de los labios de Achillea, la protectora de Athína que había salvado su propia polis, en aquel extraño valle a donde la habían llevado los encargos de los dioses. "Con palabras no se cambia nada", le había dicho, que "se apartase y dejase hacer a los adultos". Y la furia y determinación en los ojos de la Elegida de Ares habían impactado profundamente en Athootica, casi más que los obuses y las bombas durante la guerra. En ellos había visto la ira y destrucción que habían arrasado su hogar, que habían llevado a su abuelo y a su padre a los salones del Que Tiene Muchos Invitados. 

Ella siempre se había negado a dejarse llevar por el pesimismo y el dolor, a volverse una cínica como la gente a su alrededor. Quizás era estúpida por ello. Pero ella solo quería ayudar, en su pequeña capacidad, donde fuera necesario. Intentar curar las heridas de su polis, devolver una sonrisa a sus ciudadanos. Pequeñas cosas. Nunca había pedido nada como esto, a diferencia de muchos otros, ni siquiera había soñado con ello. Y sin embargo, aquí estaba, en el centro del mundo, cargando con un poder y una responsabilidad que no comprendía, habiendo escuchado su Destino de la voz de la joven Pythia Tagmatárchi. ¿Qué podía hacer, si le horrorizaba lo que implicaba todo ello, si le aterraba la responsabilidad y la carga? El conflicto caía entre dioses y mortales, y ella ahora era una pieza más en ese tablero, su vida a disposición de lo que el futuro requiriese. ¿Podía desafiar a las Moirai como había intentado Edipo, para terrible resultado? ¿Podía simplemente quedarse al margen, sin hacer nada, y pretender que nada de esto había pasado? ¿Volver a su antigua vida y esperar que el telar no la alcanzase allí igualmente?

La primera de las lágrimas se deslizó por sus mejillas, reflejando el radiante sol en su rastro. Ella no era una heroína. No sabía qué hacer. Ni por dónde empezar. Solo era una chica normal, la más débil de todos los Elegidos de la Liga. Ella no podía, no quería, ser la protagonista de esta historia, prefería leerlas en los libros a estar en ellas. 

Pero había quienes sí sabían. Los había conocido, la habían acompañado aquí. Ellos habían logrado parar la ira de Ares y Achillea con palabras. ¡Era posible hacerlo! Le habían dado la bienvenida y acompañado. Y no habían dicho nada de que fuese inútil, ni poca cosa, ni que no servía para nada. Ella podía no ser la protagonista, pero podía ser un acompañante. Y quizás así, poquito a poco, conseguir que la gente sonriese más, fuese un poco más feliz, restañase el dolor con empatía en vez de con ira. Quizás para eso la había Elegido Harmonia, no para batallar contra Typhon o resolver los atentados de Olympia, solo para ser ella misma y sonreirle al mundo. Al fin y al cabo, también a su diosa matrona la hacían de menos el resto de los olímpicos y pocos templos había en su honor incluso entre los mortales. Quizás ambas podían ser poca cosa juntas, en los laterales de las grandes historias.

El Collar de Harmonia sería su destino, cargar con su dolor e infortunio quizás fuese terrible, pero evitaría que otros lo cargasen. Era hora de poner rumbo a Ithaca, a convencer y hacer sonreir a la poderosa tirana de la isla, Calliope, Elegida de Poseidon. Quizás, su sacrificio pudiese hacer feliz al mundo y ella, bueno, ya vería la forma de lidiar con ello.  

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