Belle Epoque salto temporal: Escenas desde la balaustrada 3

Los chorretones de pintura trazan apresurados la forma de las manos entrelazadas, las poses de las dos figuras la una al lado de la otra. Él y ella, tan unidos, tan separados. Sus dedos se aferran los unos a los otros mientras los visibles hilos del titiritero que es el padre tratan de separarlos. Y, para desgracia de ambos, el lienzo que se revela muestra el creciente éxito paterno que se interpone entre ellos. Es, así, un lienzo más lleno de oscuros rojos, negros y violetas, que otros colores más cálidos y luminosos.

El ardiente verano parisino transforma el lienzo en un catálogo de vermellones, mientras el pintor se encierra en su pequeño despacho en la Sorbona donde su pincel danza una vez tras otra sobre la tela. Pintar algo que se pueda vender, algo comercial, algo que pueda demostrarle al padre de su amada que puede darle la vida que ella merece. Retratos, escenarios, paisajes, todos teñidos bajo el escarlata de la furia, la vergüenza y la impotencia.

El final del periodo estival revela una escena bañada por la luz de la luna que llena de azules oscuros y apagados marrones el mismo espacio, lleno ahora de los restos de lienzos rotos esparcidos por doquier y un caballete vacío. Incluso el astro parece deslucido, su brillo apagado y gélido, distante e inhumano. Arrodillado frente al caballete y bañado por la palidez que entra por la ventana, el pintor no oculta las lágrimas amargas que descienden por sus mejillas por mucho que quiera taparse los ojos con las manos, desesperado. Nada vale, nada es suficientemente bueno, nada es arte de verdad que pueda venderse, solo intentos insuficientes por aferrar la pintura que se escurre entre los dedos.

Los tonos apagados del comienzo de un otoño no compiten con los ambiguos y oscuros tonos del salón del último cuadro. Los dos amantes sentados, pero aunque sus manos están cerca, sus dedos ya no se tocan. En el medio entre ellos, una carta abierta, escrita en holandés con caligrafía precisa y cuidada. Un ultimátum, una orden, un final, remarcado en la sombra trazada con la brocha difusa y negra que se interpone entre ellos: la orden de un padre que finalmente ha encontrado un matrimonio adecuado para su hija. El dolor de una muchacha que sabe que debe obedecer. La impotencia de un joven que sabe que no puede contradecirlo sin cambiarla a ella profundamente. El final de un amor que deberá ser solo amistad, impotencia y soledad.

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Mi querida esposa.  
El último par de días en París han sido terribles. He mantenido las apariencias porque un Sir no debe mostrar ciertas cosas ante damas de respetabilidad pero he atestiguado horrores como no veía desde los tiempos de la India. Acaso peores pues mostraron la maldad a la que una mente retorcida puede llegar en pos de un falso entendimiento de la fe y la virtud. Del sacrificio incluso. Ahora París me asfixia y te necesito a ti y a los pequeños más que nunca. Ya tengo mi viaje de regreso planificado, cuento las horas para poder estrecharte de nuevo entre mis brazos.

Mi querida esposa.
Te escribo a mi llegada a Londres, donde atender algunos días de la corte. Pero puedo decirte que, aunque llevemos apenas unas horas separados, ya te echo en falta. El solaz que los tres me habéis proporcionado en nuestro hogar en Lancashire fue el bálsamo necesario para un alma atribulada. Se que mis silencios te preocupan, lo veo en tus ojos cuando crees que no estoy atento, pero lo que he vivido es de un horror tal que no lo puedo cargar sobre tus hombros. Bastante sostienen ellos, siempre con una sonrisa. Ahora he de regresar a los juegos de la corte de su Majestad la Reina, pero como en todo momento, mi corazón permanece contigo y los pequeños. En una semana estaré ahí de nuevo, cuento con ansias las horas para el reencuentro.

Mi querida esposa. 
Cuan breve es lo bueno, y te escribo ahora mientras espero para embarcar de regreso al continente. París aún tiene mucho que enseñar no solo en sus grandes pensadores como Rousseau, sino en sus calles y palacios. Ninguna urbe brilla tanto como la ciudad de las luces pero, por lo mismo, tampoco ninguna proyecta sombras como ella. Y para poder comprender y apelar a la bondad del alma humana, debo enfrentarme a la maldad que habita en muchos corazones, comprenderla y desmantelar sus mentiras. Pero ya lo has visto, es una empresa que no puedo hacer sin ti, sin tus palabras balsámicas, ni las caricias que acallan mis taquicardias ante el recuerdo, o el suave abrazo que me devuelve al descanso tras despertar de una pesadilla. Llevamos horas separados y ya te extraño de nuevo. 

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