Pensar, antes de actuar

 

Filippa está sentada tranquilamente en su despacho de la Sholí Dioíkisis, la mejor escuela de estrategia y mando de toda la Liga y, posiblemente, el mundo. Los nocturnos de Chopin la acompañan mientras avanza por las páginas de los documentos e informes ante ella, la luz de la pantalla reflejándose en sus gafas. Documentos en papel, algunos libros de mitología antigua, y alguna foto de su tiempo más legendario ocupaban la mesa ante ella. Aunque no era la Secretaria de Defensa de los Reyes, y desde su discusión con los monarcas años atrás la habían apartado ciertamente de la política, muchos en el alto mando habían sido estudiantes suyos y seguían acudiendo a ella por guía. 

Especialmente en tiempos de crisis, como estos.

El Rey estaba hospitalizado. Una enfermedad grave, pero al menos de momento los médicos eran optimistas. La Casa Real había solicitado la intervención de Cirilo, Elegido de Hera, pese a que su especialidad era maternidad y el médico había confirmado el diagnóstico. Si las cosas iban bien ella no tendría que preocuparse, pero su trabajo y función empezaba cuando las cosas salían mal. Algunos dirían que era una pesimista, siempre esperando lo peor, pero una vida de soledad, servicio y amargura le habían enseñado que lo peor, demasiado a menudo, era lo que ocurría. Así que no era pesimista, solo realista.Y si Su Majestad fallecía, la sucesión sería sin duda un problema, pues por mucho que la Reina Consorte habría sido buena gobernante, no sería ella quien ocupase el trono de Aleksandros Magno sino su primogénito.

Pero no era eso lo que estudiaba en su pantalla la Elegida de Atenea, sino los mapas de las tierras europeas, de los bárbaros del norte. Imágenes capturadas por los Ojos de Helios, la red de satélites de vigilancia que tan caros habían sido pero que ahora tan buen servicio hacían. Por supuesto, ella no siendo parte activa del ejército no debería tener acceso, pero muchos altos mandos le debían favores y habían visto las declaraciones en el Simvoulí acerca de las acciones de Echidna y las torres de monstruos. Convencerles de ayudar no había sido difícil precisamente.

El problema, por supuesto, es que esas eran regiones de montañas y bosques, territorio de hunos y otras tribus. Un pajar lleno donde encontrar las agujas. Ni siquiera la IA que tan orgullosos estaban en el Ministerio y en las empresas de la industria armamentística y de seguridad, podía procesar tal cantidad de imágenes y kilómetros, con la precisión necesaria. Pero para Filippa no era una cuestión de ver, los Ojos de Helios veían mucho mejor que ella con sus gafas, sino una cuestión de estrategia: ¿si ella fuese la líder de ese grupo, dónde escondería esas torres? La primera, originalmente atacada por Herakles y luego de nuevo por los Elegidos que habían hablado ante la asamblea de la Liga, daba las primeras pistas sobre qué buscar, dónde y cómo.

Si solo necesitasen un refugio, el lugar adecuado habría sido al norte, fuera de la zona de influencia del Pantheoi Olímpico. Pero necesitaban algo de influencia divina para los conjuros que hacían que sus tubos y alquimias aliementasen y criasen a los monstruos. Eso era una vulnerabilidad, no podían estar tan lejos. Y los Ojos de Helios a veces habían capturado el vuelo de Delphyne, probablemente cargando materiales. Una dragón, reducida a mensajera, bajo había caído quien una vez había sido carcelera de los restos de Zeus derrotado. Tan al norte, sin embargo, no era fácil identificar quien era la criatura, pues aquellas montañas eran refugio de grifos, pegasos y arpías, y otras criaturas aladas que aprovechaban la distancia de las grandes polis para poder vivir sus vidas. No pocos accidentes habían sido causa suya en la historia del desarrollo de la aviación aquea. 

Una vez más, sin embargo, eran pistas. Estaba claro que Echidna no era quien estaba detrás de todo. Seguramente, la Madre de Monstruos tendría notable poder en la organización, pero no era tan inteligente ni estaba tan habituada a las nuevas tecnologías como para haber diseñado algo tan cuidadoso. Algunos grupos prometeanos parecían implicados, pero solo quizás los más extremistas, no la mayoría, y Filippa dudaba que hubiesen logrado domesticar a la consorte de Typhon. Ninguna polis se atrevería, aun desde su perspectiva realista, a algo así, y si el Tzar estaba influyendo en las zonas fronterízas como aseguraban las amazonas, no parecía que aquel fuese el estilo elegido, ya que parecía más preocupado por extender la influencia de sus dioses para que pudiesen intervenir sus campeones y dioses en tierras de la Liga, en clara violación del antiguo Concordato.

No, ahí afuera había otra facción, otro grupo, otro agente. Alguien cuidadoso, envuelto en sombras y engaños, tirando de los hilos como un titiritero. ¿Pero quien? ¿Acaso Echidna había aprendido a nombrar Elegidos? Filippa se inclinó, acercándose a la pantalla con la imagen ampliada al máximo. Había encontrado la segunda torre, al nordeste de Nissus, en tierras de los europeos. Ahí estaba, prácticamente invisible entre promontorios rocosos y el denso follaje del bosque, y con ella quizás respuestas al misterio. 

Se reclinó de nuevo en su silla, en su despacho, mientras Chopin llenaba el espacio con su música. Habría que mover peones y piezas, Macedonia no podía intervenir abiertamente fuera de la Liga, en las áreas de influencia disputada. Pero quizás podría convencer a alguna de las amazonas para lanzar una expedición de las suyas en ese área, o tal vez era hora de traerlo a la mesa ante aquellos que iniciaron aquella línea de pesquisas. Al menos había un ciudadano de Pella entre ellos y otra que lo era casi en parte, porque fiarse de los hedonistas de Heraklion o del exiliado de Olympia era un riesgo sobre el que todavía no tenía suficiente información como para saber si valía la pena. Pero la ingeniera y el motero, de esos sí tenía buenos informes y una clara idea... mejor opción, sin duda, que abordar a Ioannis Bakas, quien siempre guardaba sus propios intereses y cuya mano de algún modo estaba mezclada en todo aquello.

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