Los Misterios
La luz de Helios comienza a brillar levemente sobre Heraklion, pero Eliseo todavía permanece en las sombras. Mucha gente se escandalizaría por lo que ocurrió a lo largo de la noche en la primera planta, con sus intercambios sexuales, las representaciones obscenas de bailarines en las tarimas y el libertinaje general bajo sus decoraciones de viñedos y sus luces estroboscópicas. Más gente se escandalizaría de lo que pasó en la primera planta bajo tierra, con sus habitaciones privadas, los intercambios de drogas, el uso y disfrute de esclavos y mujeres libres, las ataduras y los juegos de poder, los contratos sexuales y tantas otras cosas. Pero sin duda, todos se escandalizarían por la tercera planta con sus mazmorras, la sangre como camino al éxtasis por medio de látigos y cadenas, esposas y trajes de látex que apenas dejan respirar.
Muy pocos conocen la planta que se esconde bajo esa. Aquella a la que solo los miembros del Culto de Dionisio pueden acceder. Y todos se llevarían las manos a la cabeza con lo ocurrido entre sus decoraciones de mármol que recuerdan a las pastorales del lugar donde los grandes héroes acaban sus tiempos una vez muertos. Viñedos que es imposible que florezcan bajo tierra pero lo hacen entrelazados con mesas y altares. Paredes pintadas con escenas de ninfas y sátiros entregados a toda clase de actividades, iluminados a saltos por las luces ocultas en el techo. Todo sacudido, a estas horas del amanecer, por los potentes bajos de las melodías electrónicas, llevadas por las voces pecadoras y sensuales de las vocalistas, orquestadas bajo la batuta digital de Pinelopi en su puesto.
Se mece levemente en su lugar ante la mesa de mezclas, una mano ajustando los diales y la otra sujetando el auricular de sus cascos en su oreja. El sonido tiene que ser perfecto al fin y al cabo. Ajena al mundo a su alrededor, no siente ni el dolor ni el cansancio que doce horas de rito suponen. Ella no lo hace por la significancia religiosa o por honrar a su patrón, el Inventor del Vino, lo hace por la música. Cythereia en su obcecación jamás entenderá la verdad que para Pinelopi es evidente: el sonido es el objetivo en si mismo, es algo vivo, del momento, que no se hace por nada que no sea las emociones y sensaciones que transmiten. Ni por honrar a las divinidades, ni a los ancestros, ni a nadie que no sea uno mismo, el momento, la entrega y la pérdida en sus ondas, en las subidas y bajadas, en el ritmo. La más poderosa de las magias, la absoluta sumisión y dominación a lo más alto.
Con sus ojos cerrados y su concentración en la música, la joven permanece abstraída de la realidad a su alrededor. De los restos del seguidor que copuló con y fue devorado por un tigre ante los ojos de los Iniciados fascinados y en trance. De los restos de semen y flujos vaginales y sangre de los tres nuevos iniciados que fueron follados por docenas de hombres y mujeres cada una como parte de su entrada en el culto de Dionisio. De las sobras de los festines de carne y vegetales, de las bebidas vertidas en el suelo formando manchas moradas de vino sagrado que se entremezclan con los riachuelos de sangre y semen, de los montoncitos blancos o las pilas de pastillas. De las cadenas y grilletes cubiertos de sudor, los dildos cubiertos de heces. Del blanco mármol del altar de ofrendas cubierto de tributos dejados por los miembros del culto en respeto al Doble Nacido, su perfecto orden y pulcritud originales hace tiempo sustituidos por el caos que surge de los choques de los cuerpos en movimiento, o el uso de las ofrendas en todo tipo de prácticas.
Pocas personas siguen en pie, danzando, copulando, sacudiéndose en espasmos debido a la sobredosis. La mayoría de los cuerpos están derribados allá donde quedaron cuando ya no pudieron aguantar más, un amasijo de caras, brazos, piernas, tetas y pollas, que se entremezclan sin demasiado sentido entre ronquidos y sonrisas de agotamiento y satisfacción. Solo Eneas, el sacerdote principal, permanece orando, su cuchillo sacrificial cubierto de la sangre de las ofrendas que fueron entregadas a la divinidad por medio de la Hecatombe. Reza por señales y portentos, por la guía y el apoyo, por la revelación de los misterios.
Pinelopi deja el ritmo caer, lento, profundo, primitivo, para los últimos momentos del rito. No le importa lo que hace el sacerdote, ni siquiera le presta atención, pero es lo que el momento exige de su música y lo que ella siente. Quizá no entienda bien a la gente y por qué hacen lo que hacen, pero el momento y la música es algo que para ella es casi instintivo, como respirar. Pronto los esclavos entrarán para limpiar, para ayudar a los ciudadanos a regresar a sus casas, y después serán sacrificados para mantener el secreto y el misterio. Lo que ocurre en Heraklion se queda en Heraklion, y lo que la ley no quiere ver no es ilegal. El toque de la diosa Thyone, quien fue una vez Semele, hija de Harmonia y Cadmus, madre de Dionisio, y fue destruida por las argucias de Hera y que Zeus honrase su palabra, se nota en cada momento del lugar. El arrebato, la locura dionisiaca que abraza a locos y profetas, a visionarios y dementes, a todos los fieles que siguen el profundo camino de los misterios.
Eneas sigue rezando esos últimos instantes, doblegada su espalda postrada ante una vasija de vino rojo y profundo. Pinelopi se retira con cuidado los cascos de su cabeza, el cansancio finalmente alcanzándola ahora que la música cesa de llenar el espacio. Es de día. El rito ha llegado a su final. Ojeras enmarcan sus ojos marrones mientras lentamente parece tomar consciencia de dónde está y como son las cosas. No tiene fuerzas ni para bostezar, cayendo lentamente a una posición sentada, recostada contra una pared mientras intenta respirar con dificultad. Necesitaría algo, comida, bebida, estimulantes, lo que fuera, pero están a un universo de distancia. Detesta estos eventos a la vez que los adora, le espanta lo que ocurre pero es donde hace su mejor música, la que nunca se escuchará en discotecas ni pistas de baile porque es demasiado poderosa, importante... suya.
El silencio solo es interrumpido por las palabras del sacerdote ante la vasija, algunos ronquidos, y el sonido de los pocos que permanecen copulando en una esquina, capturados todavía en el trance de Thyone, en las drogas de su sangre, en el instinto desatado. Como ajena, Pinelopi observa desinteresada, intentando mantener la consciencia como puede. Y entonces la vasija de vino sagrado se sacude y se derrama por el suelo del santuario, esparciéndose como una marea de sangre morada, con olas que surgen de los borbotones con los que abandona su alojamiento previo. Las mareas rojizas recorren el suelo, chocando contra carne humana y animal, viva y muerta, avanzando imparable hacia los pies de la música que no puede dejar de mirarla con el morboso horror de quien mira un accidente de tráfico en la carretera, esperando ver y no ver el cuerpo mutilado en el asiento del conductor.
El horror es mayor aún en los ojos de Eneas, que observa el portento y entiende. Él sí le da importancia a estas cosas. Olas de rojizo líquido, la ira de Poseidon ante la intrusión de Dionisio en su isla. La venganza del que Hace Temblar la Tierra contra el Cosido por osar desafiarle, robarle, ultrajarle. No se había evitado, solo retrasado. El sacerdote alza la mirada desenfocada por las drogas alucinógenas que recorren sus venas, hacia la Elegida agotada del otro lado de la sala.
-Si no golpeamos primero, seremos anegados en sangre.-
Una profecía. Una sentencia. Un horror. Visto a través de la demencia desatada, del agotamiento absoluto, de los misterios que desvelar por los Iniciados y los Maestros. Por los que creen de verdad y están dispuestos a ir más allá de lo que nadie cree. Y Eneas, mirando a Pinelopi, se pregunta si la DJ realmente es uno de ellos o solo una turista en las profundidades de la demencia y el placer, en el conflicto entre los dioses y la separación de los mares y los cielos.
Pero Helios se alza sobre Heraklion y su luz ya baña finalmente la entrada de Elíseo. Los esclavos abren las puertas para iniciar la limpieza. Los portentos serán llevados en cubos y fregonas junto todo el resto de fluidos, la carne sobrante de los sacrificios metida en la misma bolsa que los dildos usados y el pene cercenado de uno de los Iniciados que lo entregó en un arrebato de placer y dolor. El mundo nunca debe saber lo que ocurrió aquí, oculto bajo los misterios de uno de los dos cultos más antiguos y poderosos de toda la Liga.
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