Panegírico para Kidemónas

Contad, ¡oh Musas!, la vida y muerte de Kidemónas, hijo de Helios y la hermosa Electra, cuyo mismo nombre habla de su tragedia. Guardián, por denominación y por misión, ahora su sangre se vierte sobre Gaia, titán por derecho de herencia. Recuerda, ¡oh Mnemosyne!, su crianza en la diminuta isla de Koufonisia, un muchacho terco y obsesionado por la disciplina que su mentora Tethys de las Profundidades le impartió, recuperada ya de la muerte de su hijo Achilleús frente a las murallas de Ilion. Cuenta, ¡oh Urania!, las duras lecciones, las pruebas, las luchas, de una infancia demasiado breve y una adultez demasiado prolongada. De un servicio antes que un niño, de un guerrero antes que un hijo, de un vigilante antes que un amor. 

Describe, ¡oh Talía de las Flores!, el brillo de un pelo radiante como el sol y la confianza de un joven que marcha a su misión. De la llegada a Sikilia, a los pies del monte Etna de funesto destino y el comienzo de su prolongada vigilia en tiempos en que Eratóstenes calculaba la circunferencia de Gaea. De las horas, de los días, de las semanas, de los meses, de los años, de los siglos, de los milenios. Canta, ¡oh Polimnia!, de una misión sagrada que lentamente se encierra en el tedio, la soledad, la falta de importancia. Un semidios en el mundo de los mortales, maldito con pocos conocidos a lo largo de milenios, aún menos amigos, y ninguna visita de Eros. Esa ausencia que te corroe, día tras día, con solo la compañía de los libros y de un gato. 

Tañe la lira, ¡oh Calíope!, para cantar la llegada de la enemiga ya no esperada. Del choque épico de lanza contra garra, del duelo entre el pelo radiante y las escamas. Pues Echidna entró en su dominio para combatir y la tierra de la isla se sacudió con cada embate. Repite, ¡oh Echo!, lo que los enemigos dijeron en aquellos días de choques sin igual:

-Tu hora ha llegado, hijo de Heliossssss, tu padre verá tu muerte dessssde lossss cielossss ssssin hacer nada. Ssssussss lágrimasss ssserán ssssuuuu cassstigo, el avisssso al ressssto de losssss Olímpicossss de sssssu inevitable futuro.-

-Ningún servicio os proporcionará mi muerte, Echidna, Typhon permanece sellado bajo la montaña, más allá de vuestro alcance y poder. Hasta el final de los tiempos, por designio y fuerza del Portador de la Égida.-

-Sssssolo esssss el primer passssso. Typhon reclamará ssssu trono y yo el mío, y nuesssssstrossss hijos ssssserán dueñossss del mundo entero. Ssssin ti, nadie verá nuesssstrasss accionessss, ¡mientrasss lossss aqueosss sssse vuelven unossss contra otrossss en la osssscuridad de la ceguera compartida!-

Sella pues, ¡oh Clío de las Historias!, el capítulo de la vida de Kidemónas, pues su sangre ya abandonó su cuerpo y regó la tierra a sus pies. Bajo las lágrimas de un padre impotente para intervenir por culpa de los antiguos acuerdos, en un combate que no podía ganar, con un destino que nada importaba al final. Solo, entre inmensos dolores, la médula de sus huesos se convierte ya en alimento para sierpes y alimañas. Y con ellos van sus secretos y su sabiduría, que tan necesarias serán en el futuro.  

Cuenta, ¡oh Melpómene, trágica Melpómene!, el final de un semidios que no vivió de verdad, y cuyo cuerpo no fue honrado en modo alguno. De su descenso al Hades sin monedas para el Barquero, incapaz de cruzar el Estigia y encontrar descanso. Y suplica, ¡oh Encantadora Euterpe!, al Rey o a la Reina del Inframundo, o al Barquero mismo, que tengan piedad del destino de quien fue criado para luchar y fracasar, para que pueda al menos llegar ante los Tres Jueces y beber del Lethe y olvidar una vida de dolor.  

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