La promesa envenenada

Apolinia se removió por enésima vez en un minuto, cambiando las sábanas de posición y reajustando la almohada con fastidio. Odiaba estar presa en un hospital, no lo necesitaba, su cuerpo sanaría por si mismo con tiempo. Una bomba de nada no la iba a detener, solo le daba más motivación para levantarse de la cama y ponerse en marcha. Pero no podía, se lo había prometido a Epíone, la Elegida de Aceso que había venido de Néa Athína para atender a los heridos del atentado. Irónico que fuese una ateniense la que estuviese curando a espartanos. 

-Voy a reventar a esos prometeanos. Voy a esparcir sus intestinos y derramar su sangre sobre un altar como tributo de una buena cacería en nombre de Artemisa y como mensaje a todos los otros idiotas que hay sueltos por ahí. ¡¿Cómo se atreven?!-

-Eso ya lo has dicho, honorable Diarca.-

La voz de Menelao llega quebrada desde la cama de al lado, el joven todavía está con fuertes dolores porque se ha negado a recibir anestesia, o cualquier medicina para ellos. El dolor fortalece a un guerrero espartano. Pasará un tiempo antes de que pueda volver a alzar un escudo junto a sus hermanos, aun con la ayuda de Epíone y sus tratamientos. Al fin y al cabo, él no es tan fuerte como Apolinia, y la bomba le hirió más severamente por ello, quizás incluso le hubiese matado si hubiese estado en el asiento de Diarca, bajo el cual estaba colocado el explosivo.

-Pero es lo que voy a hacer. Los voy a matar a todos. Va a ser una cacería para las edades, se cantará en canciones y se harán películas. Dimitris mismo tendrá que rendir cuentas si está implicado en esto, me da igual si las Erynias se enfurecen por ello. ¡Nadie ataca a Sparta y se va de rositas!-

-La Gerousia ya está reunida, van a elegir a un nuevo Diarca para ocupar el trono a tu lado. Ambos sabemos que probablemente me escojan a mi y será mi tarea entonces mantenerte equilibrada y bajo control. No puedo permitir que inicies una carnicería por la mitad de las polis en busca de esos prometeanos.-

Aunque el dolor teñía sus palabras, había afecto sutilmente encajado en ellas, algo que Apolinia era incapaz de percibir. Y menos ahora que todo en ella era ira y fuego.

-¡Bah, política! Que los Ephoras se encarguen de ello y de las asambleas con sus griteríos. ¡Por las tetas de Artemisa, soy su Elegida, nombrada para la cacería a la luz de la luna, para recorrer bosques y calles siguiendo a mi presa, para derramar su sangre y ofrecersela a la pálida dama de los cielos. ¡No para perder el tiempo en hospitales y reuniones de ancianos decrépitos!-

Y, además de enfadada, estaba extremadamente frustrada e irritada. Sin duda una mala combinación. Pero Epíone había hecho caso a Menelao y le había conseguido sacar la promesa de que no abandonaría la cama hasta que ambos estuviesen recuperados. Solo así podía el Elegido de Afrodita garantizar que su Diarca no causaría mayores problemas antes de tener oportunidad de solucionarlos. ¿Una manipulación y engaño? Sí, quizás, pero él sabía bien que a veces a la gran guerrera había que protegerla de si misma. 

-También querías participar en la cacería de los hijos de Typhon y Echidna, y sellarlos en el Tártaro como correspondería. Y juraste cazar al Elegido de Nemesis y evitar que pueda atentar contra el Príncipe de Heraklion. Por no mencionar tus otras cacerías prometidas y debidas, te recuerdo que le juraste a principios de año a Artemisa la Virgen Lunar que le obtendrías un trofeo digno de ella y se te escapó el gran toro blanco. Y Achillea sigue sin haber sido humillada como has prometido en numerosas ocasiones. Muchas cacerías tienes pendientes como para obcecarte ahora con la nueva, honorable Diarca.-

Ella se incorporó en la cama, apoyada sobre su codo derecho y le miró con furia. Sin su armadura ni sus armas, con la tela de las sábanas cayendo descuidadamente sobre su cuerpo iluminado por el sol, estaba francamente hermosa a ojos de Menelao. Por muy enfadada que estuviese, esa pasión siempre había sido lo que más le había gustado, incluso siendo un adolescente que la miraba desde las sombras.

-¿Crees que mi arco no puede con todas esas presas? ¿Crees que soy así de débil? Te voy a enseñar...- aunque hizo ademán de levantarse, el Elegido de Afrodita la detuvo hablando con voz calma.

-Jamás diría tal cosa. Lo que sí creo es que no puedes estar en todos los sitios a la vez.-

-¡Bah!- protestó ella, dejándose caer en la cama enfurruñada. 

Epíone entró en la habitación con paso ágil y decidido, pero no ocultaba el agotamiento que había en su interior. Su bata de doctora tenía manchas de sangre de muchos de sus pacientes, su largo pelo negro estaba desprolijamente cogido en un moño del que escapaban multitud de mechones, sus gafas necesitaban un limpiado urgente. Se aproximó a la cama de Menelao para comprobar los indicadores de las distintas pantallas conectadas a él.

-¿Cómo te sientes?- preguntó, suave pero directamente.

-Como si un montón de centauros hubiesen decidido bailar encima de mi- el joven hizo un esfuerzo por sonreir y parecer despreocupado, pero no pareció registrarse en la mirada de la médico que permaneció con sus chequeos.

-Al anochecer iré al templo de Zeus a ofrecer un sacrificio, espero poder mañana volver a emplear algo de mis energías contigo. Pero hay muchos heridos mortales que están peor y lo necesitan más, así que no puedo garantizar nada.-

-Lo entiendo, y lo aprecio.-

-¿Cuándo me puedo marchar? La promesa fue una estupidez, levántala para que pueda ir a hacer todo lo que tengo que hacer. ¡Te lo ordeno como Diarca de Esparta si no quieres que haya otra guerra con Athína! ¡Tengo que cazar a los culpables!-

Impaciente y frustrada, Apolinia se sentó en la cama y miró con firmeza a la otra mujer, que siguió tomando notas en su tablet con gesto concentrado. Aún cuando Epíone le respondió, lo hizo sin dejar de anotar el progreso.

-Mi deber es para con mis pacientes. Y el tuyo es para con tu palabra. No te debo lealtad ni obediencia, espartana, así que seguirás atada a tu palabra y a esa cama hasta que Menelao se recupere. Si después quieres declarar una guerra contra medio mundo porque eres una niñata con escaso control de impulsos, eres libre de hace...-

-¡Niñata! ¿Quien te crees que eres para hablarme así?- con furia la Bañada por la Luna se incorporó del todo y sacó las piernas de la cama dispuesta a saltar al ataque.

-Tú palabra te ata a esa cama, así que deja toda esa ira que se te van a saltar los puntos. Y descansa, que ya llegará el tiempo en que toda esa fuerza sea necesaria y no para desperdiciarla contra mi.-

-¡Bah!-

Apolinia se dejó caer de nuevo en la cama. No tenía intención real de atacar a la doctora, pero sí esperaba haberla intimidado y que le levantase el juramento. No había funcionado. Habría que probar otra cosa en los próximos días, pues aun quedaban al menos un par de semanas hasta que Menelao pudiese abandonar la cama hospitalaria y, con él, pudiese hacerlo también ella. 

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