El centro colapsa


La majestuosa estatua de Zeus se alza, dominando el templo. Sentado en su trono, bajo la corona de laurel de oro, la mirada del glorioso rostro es adusta, severa, noble. El mármol de su piel sostiene en la mano derecha una representación de Nike, y en la izquierda su báculo de soberano coronado por el águila que es símbolo del Rey del Olimpo. Situado frente a esa estatua, del otro lado de la piscina de aceite que la preside desde hace dos milenios y medio, Ajax observa a su Patrón en silencio.

Pero la ausencia de sonido por su parte no oculta la preocupación de su gesto. 

Los Juegos han terminado en tragedia, un desafío al Portador de la Égida como no ha habido en memoria de nadie viviente. Él lo sabe bien, no en vano es el aqueo más anciano. Su avanzada edad no da respuesta a las preguntas que tiene. ¿Por qué Zeus no desató su ira y su furia contra aquellos culpables del atentado contra los juegos en su honor? ¿Qué espera el monarca divino que se haga ahora en su nombre? Pero, como siempre, la estatua permanece silenciosa pues los dioses no dan explicaciones a los mortales, ni siquiera a sus Elegidos. 

Y Ajax no puede dejar de temer que lo que el Oráculo de Delphi le profetizó tanto tiempo atrás esté a punto de cumplirse.  

Los antiguos le habrían acusado de ubris, y con razón, por intentar ir contra el Destino, quizás incluso le hubiesen exiliado. A él, Archieréas de Zeus, eso no le preocupa, le preocupa más el precio de fracasar en esa empresa. Ha dedicado toda su vida, prácticamente, a evitarlo y ahora sabe bien que el tiempo para ello se acaba. Lo puede sentir en sus huesos, la bendición de su patrón le ha dado una larga vida, pero nunca ha bebido la Ambrosía ni ha comido las manzanas del Jardín de las Hespérides. Así que, como todos los mortales, su tiempo se acabará y llegará la hora en que le toque emprender el último viaje, de la mano de Hermes, al encuentro de Aquel que Tiene Muchos Amigos.

No le preocupa su muerte, estará en pie orgulloso ante los Jueces del Inframundo y que ellos decidan si es merecedor de descansar en los Campos Elíseos. Lo que le preocupa es lo que quedará en el mundo mortal cuando se vaya con su misión incompleta. 

Las profecías son sencillas de olvidar o de malinterpretar. Solo la posteridad revela la sabiduría de sus palabras, cuando ya es demasiado tarde para hacer nada al respecto. Quizás su lugar no era completar la obra, solo iniciarla, y serán las nuevas generaciones las que la lleven a buen término. Había algunas personas entre los nuevos Elegidos que habían mostrado interés en ello: Tatiana de Athína la Elegida de Atenea, o Zoi de Heraklion la Elegida de Hermes. Pero también había quienes eran enemigos de la empresa, tanto externos como los prometeanos que habían atentado contra Olympia, como internos ya que no todos los Elegidos comparten ni de lejos sus objetivos. Es parte de la naturaleza del juego de los dioses y del entretenimiento que los mortales les proveen. 

En un universo incierto de alianzas cambiantes, explicaciones a medias y complejas relaciones familiares, todos eran poco menos que peones en un juego incomprensible. Mucho había pagado y sacrificado ya por ello a lo largo de su prolongada vida. A veces envidiaba la claridad con la que otros panteones guiaban a sus pueblos: la sencillez de una guerra contra un enemigo externo en Eire, la posesión directa de sus dioses en Haití, el orden reglado y pautado del Faraon en Egipto. Pero esas no eran las cartas de los aqueos, la libertad de tener cada uno su rumbo también conlleva la responsabilidad de qué hacer con esa libertad sin una guía clara de las consecuencias ni los pasos. Solo sombras, danzando en la pared como en la antigua metáfora de Pláton.

El Simvoulí había estado reunido todo el día, retroceso tras retroceso. Algunas polis preocupadas por los atentados de los prometeanos o la posible respuesta de Sparta a ese ataque. Otras encerradas en las cuestiones de las amenazas del norte, especialmente el Rus y Midgard. Otras cuestionando la validez de la intervención en Tara después de los crímenes de guerra ocurridos a manos de los caballeros irlandeses. Otras preocupadas por los temblores de Sykilia y las advertencias del retorno de Typhon. Otras preocupadas por el desarrollo de la inteligencia artificial con Cassandra como mayor exponente. Y los asuntos cotidianos por supuesto, como el comercio, con polis aprovechando las crisis para enriquecerse a costa de las otras. 

La Liga misma tiembla al borde del abismo.

Y los dioses permanecen tan silenciosos como la estatua frente a él. Algunos parecen haber manifestado algunas verdades, como las revelaciones de Hekate a Aleksei debido a sus sacrificios prohibidos. O las de Apolo a algunos de sus favoritos a través de oráculos y adivinos. Hefesto y Aphrodita parecen haber actuado en el mundo en algún modo, y la ira de Poseidón casi se había manifestado haciendo temblar las islas del Egeo. El Mensajero Alado ha estado ocupado, pero nadie sabe qué misivas ha enviado, ni de parte de quien. Algunas señales también indican que los dioses cthónticos se han comunicado, pero cuales de ellos es incierto, ¿El Más Rico? ¿Su esposa, la Reina Perséfone? ¿O quizás solo la temida Nemesis, enviando su Elegido sicario y asesino a por la realeza de Heraklion? Ares mismo parece haber hablado con Achillea y algunos otros recientemente, y si el Dios Encadenado está desatado es señal de que el tiempo para la paz se termina. Pero ¿actuaban todos ellos por sus propias voluntades, o eran esos portentos y señales mandamientos de Zeus mismo? Y, si eran esto último, ¿por qué el Rey del Olimpo permanecía obstinadamente silencioso, ni siquiera enviando a su hija favorita a guiar con su sabiduría a los mortales? 

La estatua, con multitud de ofrendas dispuestas alrededor de ella, permanece imperturbable a sus dudas. El tiempo se agota y la claridad que una vez guió sus pasos se aleja más con cada día que pasa. En su juventud sabía qué tenía que hacer pero no tenía los medios para ello, y ahora que los tiene ya no sabe bien cual es el rumbo correcto. Todos sus ardides y manipulaciones para crear un futuro mejor, todos sus engaños y persuasiones, la larga retaíla de peones usados y deshechados en pro de su misión vital. Favores y deudas, afectos, envidias y odios, todas las monedas que acuñan el poder en la familia divina y humana, usadas con cuidado para avanzar dolorosamente un paso más, solo un pasito en un largo trayecto. 

Todos solo sombras ya, insuficientes como él mismo, quien creyó ser el jugador sentado al tablero pero es consciente al final de que no es más que una pieza en el mismo. El duro entendimiento de Ícaro al ver derretirse la cera de sus alas. Y la oscura profecía de la Pythia que se acerca con cada amanecer un poco más.

Se da la vuelta pues se ha terminado el receso para comer, y se encamina de vuelta al Simvoulí. No se ha alimentado bien en días, desde el atentado, pero ya no importa demasiado. El tiempo se acaba. El mundo pesa demasiado sobre unos hombros tan ancianos.

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