La elegida de la guerra
Un soldado hoplita en armadura táctica ocupa el centro de la pantalla. Estoico, firme, escudo balístico en la mano izquierda, rifle automático en la derecha, y el reconocible casco de alto penacho desafiando a quien lo mire. Su visor oculta sus ojos pero de no ser así la fiereza sería su atributo principal. Y en su escudo, el logotipo corporativo. A sus pies, en fuente épica y brillante, salen las mismas palabras que el narrador está diciendo en voz alta.
"¿Quieres una profesión de futuro? ¿Quieres un trabajo estable que sirva para hacer algo importante?"
El soldado se pone en marcha ayudando a comunidades dañadas por la devastación de la guerra, repartiendo comida y útiles a un grupo de niños, probablemente huérfanos. Mira brevemente a la cámara y hay firmeza y honor en su saludo con un pequeño gesto de cabeza, mientras nuevas palabras se forman a su alrededor.
"¿Quieres formar parte de algo más grande que tú mismo? ¿Quieres ser una leyenda que trabaje rodeado de héroes para proteger a quienes lo necesitan y cambiar el mundo?"
Otros soldados se unen al primero, auténtica camaradería compartida entre ellos, y los gestos de las mujeres y hombres que ahora reciben la ayuda son de verdadero agradecimiento, casi adoración.
"¿Por que quienes estaban ahí para evitar la destrucción de Nea Athína en la última guerra del peloponeso? ¿Quienes le recordaron a los troyanos que meterse con los demás aqueos era un error? ¿Quienes están desplegados en el norte, para proteger como la Égida misma a los que más queremos de los vecinos más peligrosos y sus intentos de extender su poder contra nuestro modo de vida?"
Los soldados miran a la cámara todos, que rota a su alrededor para mostrarlos en campos de batalla por todo el Mediterráneo, en ciudades estado de la Liga y fuera de la misma. Impávidos, unidos, pese a la caída de bombas y morteros, pese a los disparos de enemigos de toda clase, parecen como las furias mismas listas para descargar la venganza contra quienes estén en el desgraciado bando que esté oponiéndoseles.
"¡Los MYRMIDONES!" dice la voz del narrador, seguido por un grito a mil voces que dice "¡Níki!". La cámara se va alejando de los soldados y aparece el casco dorado, reconocible por cualquiera que viva en la Liga y mucha gente más allá. "¿Quienes luchan sin miedo a la muerte, porque son los amantes de Hades?" El casco deja ver los fieros ojos de la mujer que hay debajo, y la cámara se aleja lentamente. "¡Níki! ¿Quienes son temidos por las fuerzas de élite berserker de Midgard, por los veteranos del ejército del Faraón, por los asesinos y shinobi de las tierras del sol naciente? ¡Los MYRMIDONES!" Achillea, ya visible de torso para arriba, lleva su puño firme al corazón, saludando a la cámara. Su capa ondea en un viento suave mientras el sol se refleja en su casco y el resto de soldados se reúnen a su alrededor, todos más pequeños que la enorme guerrera de pelo ya canoso.
"¡Y ahora tienes una oportunidad única para convertirte en uno de los más fieros y profesionales soldados del mundo! El lugar donde leyendas van a hacer las gestas que les dan el renombre, donde ser un héroe es lo natural y donde los más fieros son aclamados y bienvenidos a su hogar. Dirígete a tu centro de reclutamiento local en tu polis más cercana o, ¡mejor aún! ven a nuestra sede principal en Lesbos para pasar las pruebas de capacitación. Te estamos esperando."
Achillea, ya a cuerpo completo, sonríe confiada y segura a la cámara, la imagen misma del triunfo y la nobleza. Mientras en una fuente diminuta a sus pies pasan a toda velocidad los disclaimers por los cuales la corporación no se hace cargo de daños que cualquiera de sus miembros puedan sufrir en el proceso de reclutamiento, ni las consecuencias psicológicas del trauma que puedan resultar de las operaciones durante el trabajo en la misma. Lo único que queda, dominando la imagen, es la elegida favorita del Dios de la Guerra, mirando con absoluta confianza. Casi desafiando al espectador a unirse, a demostrar su valor.
Pero la cámara se sigue alejando, abandonando ahora el espacio de la televisión digital para mostrar que la pantalla se encuentra expuesta en la sede principal de la corporación mercenaria. Y frente a ella, un nutrido grupo de gente protesta y se moviliza, con pancartas que dicen cosas como "No queremos sangre por oro" o "fuera fascistas de Lebos" o "Lesbos con Afrodita, no con Ares!". Pacíficamente gritan sus slogans y cantan sus canciones de denuncia frente a los medios de comunicación que retransmiten la manifestación y la cámara se alza desde las calles de la polis hacia lo alto del edificio de cristal, una construcción a medio camino entre una oficina, una armería y una fortaleza. Y en lo alto de la misma, Achillea observa a aquellos que están reunidos a los pies de su torreón de cristal y mármol, impasible, su gesto imposible de leer tras la máscara pétrea que es su más firme voluntad.
Muchas cosas se dicen de ella. Que ha matado personalmente a más de un millón de enemigos. Que la sangre que corre por sus venas es la de su padre, el Dios de la Guerra, que no la habría simplemente elegido. Que es una impostora que robó reliquias de un héroe caído para hacerse pasar por la escogida de Ares. Que fue criada por cíclopes como una salvaje o entrenada por Chiron y el resto de los centauros. Unos dicen que es una tirana, otros que es una salvadora. Pero su gesto firme no desvela ni resuelve las incógnitas, y su guantelete bruñido que sostiene su legendario casco tampoco resuelve el alma inalcanzable de la más fiera de las amazonas.

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