Dicen que en la vida todo el mundo tiene, al menos, una gran oportunidad: algo para lo que no han trabajado y que, sin embargo, cae directamente en sus manos o pasa en su dirección. Puede ser una oportunidad laboral, de hacer dinero, emocional o incluso sexual, y lo que se haga con ella nos marcará desde entonces. La mía se llamaba Ángela, y literalmente llegó a mi puerta a última hora de un ventoso día de Septiembre. Como la "Goddess in the Doorway" de la canción de Mick Jagger. Yo, por aquel entonces, era un joven profesor de universidad, encargado de las asignaturas de Relaciones Internacionales y Organizaciones Internacionales, y del que todo el mundo decía que tenía un brillante futuro. Más de uno incluso auguraba que sería el catedrático más joven del ramo, llegado el momento. Junto al respeto de mis compañeros (y alguna que otra envidia, no nos equivoquemos) tenía una esposa, Lina, a la que quería con locura y que me devolvía ese amor en igual medida, y...