Lo primero que ella debería haber notado era el ácido quemar de su garganta, o el terrible hedor de sus propios vómitos mezclados con las pastillas antidepresión consumidas en exceso. Debería haber notado la frialdad de su cuerpo y la superficie sobre la que reposaba. Pero nada de eso importaba porque, desde algún lado, llegó su voz hasta ella, más que angelical y divina, y una lágrima escapó de sus ojos todavía cerrados. Porque escuchando a Pavarotti supo que eones de tormento y tortura, la guerra en los cielos y todo lo ocurrido, habían valido la pena. Y ahora, unas semanas más tarde, después del final de la inauguración de Fausto , cuando el tenor acometió el aria más famosa de Turandot , ella perdió el control de si misma y su violín sonó como hiciera otrora, inspirando a cantante y miembros de la orquesta en un momento sublime. Y la audiencia, arrebolada, entre lágrimas saladas o de sangre, contempló manifiesta la belleza del alma humana, de su creatividad e ingenio y no pudieron ...