Bajo la Égida del Pantheoi 9: La cacería
La cena en el palacio real había sido, sin duda, llena de eventos y complicada, pero la noche apenas empezaba. Escuchando los planes de Herakles y Parmenides de ir a cazar al toro aprovechando la oscuridad, todos los Elegidos decidieron ir juntos a tal gesta y partir cuanto antes. Coches y moto se pusieron así rumbo a las montañas al sur de Creta, sin más dirección ni precisión, pero sería cosa del destino, o de la suerte, que el Elegido del Semidios decidiese aparcar en mitad de ningún sitio, sorprendentemente cerca de donde el toro se encontraba.
Pero hacía falta más precisión y la luna sería quien la brindase cuando, con sus encantamientos y poderes Aleksei se arrobase de la visión desde los cielos que Selene misma tiene. Y desde allí, bajo un alero de roca, encontró al durmiente toro, que nada sospechaba de lo que estaba a punto de ocurrir. Pero primero había que trepar entre los peñascos y árboles de las laderas, algo particularmente complicado cuando el motero quiere llevar su moto, aunque pese a lo difícil lo consigue. Aunque deberá tomar un segundo plano inicialmente pues la cacería requiere acechar sin alertar a la presa, tal como Artemisa aprueba desde los cielos nocturnos, y una moto despertaría sin duda al noble animal.
El primero en aproximarse fue Dimitris que, con fuerza, agarró al toro por los cuernos y lo estampó contra la ladera, apresándolo y tratando de someterlo. Zoi aparació sobre su hombro, invocando su poderoso martillo e iniciando el ataque, pero herir al toro era relativamente fácil pero corrían el riesgo de matarlo... y eso no podía ser, si querían usarlo como sacrificio debía llegar vivo al templo. Los cañones de Lyra son demasiado violentos, de modo que debe apuntarlos al techo de roca para que colapse sobre el toro, mientras Herakles se aproxima a la espalda del animal y Parmenides fracasa a la hora de hacer nada de utilidad. Finalmente, viendo el conflicto iniciado, desde su moto Aleksei comenzó a coordinar a todos, como en otros tiempos había hecho con sus amigos en la guerra.
Pero nada de eso detuvo a la bestia que, con terrible bufido, desenganchó sus cuernos de la roca y lanzó al gladiador por los aires, moviéndose con firmeza en busca de espacio abierto donde encarar a sus inesperados atacantes. No iba a tener tregua, sin embargo, mientras los ataques seguían cayendo sobre su blanca piel. Golpes de puños y martillos, rocas e incluso la moto estrellándose contra su lomo. El animal nemeano comenzó a saltar con violencia en el sitio, pero con agilidad y habilidad todos los Elegidos consiguieron salir de su alcance, pues una de sus coces o cornadas sin duda podría acabar con la vida de cualquiera de ellos.
Ataques y esquivas, poco a poco mermando la fuerza del rival hasta que finalmente el martillo de Zoi da el golpe definitivo que le quita las energías al toro que acaba inconsciente en el suelo. Seis Elegidos se erigían victoriosos sobre él y tenían que lidiar con cómo llevarlo de vuelta a Heraklion para el sacrificio, y a quien hacerlo. Herakles quería hacerlo para Hera, para acallar sus conflictos con su patrón divino, y Aleksei encontró que, como Reina del Olimpo y Diosa de la Familia, y siendo todos los Elegidos parte de la familia divina, también la de las Manos Blancas englobaba a todos ellos y lo que acababan de hacer. Fue él también quien tuvo la idea de la parihuela tirada por los coches y la moto, aunque fuese Lyra la que la fabricase a partir de cuatro cosas que había por allí.
Llevaron así al toro al templo de Hera, aunque Dimitris se negó a entrar, él no honraría a los dioses, no era ese su camino. El sacerdote que estaba de guardia esa noche (pues, como todo en Heraklion, ni los templos duermen por las noches) no esperaba nadie que le interrumpiese la lectura de su novela en su tablet, pero sin duda llegaron. Así que hubo que despertar a la suma sacerdotisa y hacer los preparativos para un sacrificio nocturno de ese calibre, con hecatombe para los dioses, plegarias en griego antiguo, inciensos, cánticos, pavos reales y campanillas. Sangre en las vasijas, la grasa en las brasas, el nombre de la de Manos Blancas en la boca de todos los presentes y la consagración del sacrificio en su honor. Algo que traerá renombre y presencia al culto de Hera en Heraklion, una ciudad donde la Reina del Olimpo no tiene una presencia muy destacada.
Mientras tanto, solo en la noche, Dimitris regresó al Boukephos, no dispuesto a esperar horas fuera del templo. Y la noche, los borrachos y las drogas se aprestaron a encuentros conflictivos para cualquier mortal, pero triviales para el Elegido de Prometeo. Encuentros que abrieron la puerta a esparcir su mensaje de que los dioses no protegen a las personas, sino que ellas deben aprender a protegerse por si mismas, y que él les entrenará si van al gimnasio con él.
Y así llega la mañana, dormir un poco de rato y después comenzar los preparativos porque han decidido dar un festín para todo Heraklion con la carne del toro. Pues la carne, a diferencia de grasa y huesos, es para los mortales, así lo tuvo que aceptar Zeus tras la jugada de Prometeo. Así que Zoi se pone en contacto con la Reina, que consigue que se declare día festivo en toda la isla para festejar la gesta que ha tenido lugar y el sacrificio en honor a Hera. Lyra prepara una barbacoa nemeana para poder hacer la carne, mientras que Aleksei se encarga de que Circe eche una mano con la comida porque el toro era muy grande pero no como para alimentar a una ciudad como Heraklion.
En esos preparativos estaban cuando el helicóptero de Apolonia aterrizó en la playa y la Elegida de Artemisa entró en el local verdaderamente furiosa. Y menuda imagen es la de la ira de la Diarca de Esparta, por menos se han iniciado guerras. Pero las llamadas a la tranquilidad y a hablar de Zoi y el argumento de que el toro era poca cosa para ella pero que el asesino con historia en Esparta era una presa más digna de su leyenda que planteó Aleksei fueron suficientes. No para aplacar su enfado, porque eso probablemente sea más difícil que las doce pruebas de Herakles, pero si al menos para que se marchase relativamente saciada. Y, al poco de que lo hiciese, un mochuelo diurno se alejó volando, acaso una pequeña presencia de Atenea observando lo que estaba ocurriendo.
Pero del festejo, de la búsqueda de los traficantes de drogas y de todo lo demás ya habrá tiempo de hablar en otra ocasión. Por ahora, toca cortar el hilo de esta historia.
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