Bajo la Égida del Pantheoi 10: El Roce del Inframundo


Los caminos de Hermes y Hecate se cruzaron, cuentan las historias, por primera vez en un antiguo campo de batalla. Uno era nuevo, joven, aguerrido y confiado, con esa seguridad que dan el desconocimiento y el poder. La otra era anciana, sabia, tranquila y poderosa, con ese poso que tiene lo vasto e ilimitado. Apostaron sus dominios a un juego que uno creía dominar y otra sabía que iba a vencer, mientras las Keres devoraban los malos recuerdos y emociones de los soldados caídos en combate. Y con el conocimiento que da la experiencia, la portadora de la antorcha le dio una lección al joven maestro de los caminos sobre la verdadera voluntad de venganza de los mortales y sobre la humildad. Muchas veces después sus caminos se han cruzado, pero nunca más ha intentado Hermes desafiar a Hecate.

Pero regresemos a los festejos debidos a la caza del toro blanco en Heraklion. Mientras bebían y comían los ciudadanos y los reyes, bajo la mirada del búho que había regresado (y al que Argos fue a llevarle agua y darle conversación, honrando a la alzada Atenea, favorita del Portador del Rayo), su Majestad Chloe llevó a Herakles y a Parmenides aparte; no lo suficiente como para que Zoi no se enterase de la misión que les encomendaba de proteger a su hijo que partiría con la delegación de la polis a Olimpia donde reyes y presidentes debían acudir a una reunión de urgencia solicitada por la Casa Real de Pella. Aleksei, por su lado, conversó con el Rey para crear ardides burocráticos que escondiesen aún más el rastro del Príncipe y confundiesen al asesino. 

Y con la caída de la noche, los tres pusieron rumbo al almacén, pues era martes y la furgoneta con las drogas debería hacer su reparto. Aparcaron algo alejados para que Zoi y Argos se aproximasen al almacén en silencio. Frente al mismo, en una casa rural, un turista del ejército de Midgard observaba las estrellas del firmamento, sin saber lo que estaba a punto de ocurrir frente a él. El estudiante rápidamente accedió de nuevo al ordenador del almacén por la puerta trasera que se había dejado, tomando el control de cámaras y demás, y después a esperar. Estresando eso si a los dos trabajadores que estaban para recibir el cargamento, con el lanzamiento de sus piedrecitas. La furgoneta llegó y la mujer esperada se bajó de la misma, sorprendida de que no estuviese el jefe habitual para recoger el cargamento, pero no tuvo ni siquiera mucho tiempo para pensarlo cuando se escuchó la moto de Aleksei acercándose y él cantando de aquella manera encima. Y con eso, el secuestro estaba consumado, pues los mortales eran más que incapaces de resistirse a su embrujo.

Interrogaron a la mujer en el local de Boukephos y encontraron algo inesperado: la pobre había sido profundamente engañada, por las artes de manipulación de un Elegido. Repartía drogas cuando pensaba que era medicina para el cáncer infantil, y no se había parado a pensar en todas las cosas absurdas que rodeaban el proceso. Pero tenía la siguiente pieza del puzzle, ya que ella cogía el cargamento en su furgoneta todos los martes en un muelle específico donde el jefe le hacía entrega del mismo. Así que para allá fueron, cerca del amanecer, y encontraron ese muelle vacío en el puerto deportivo.  

Un capitán preparaba uno de los ricos yates para zarpar temprano y se acercaron a él a preguntar si había visto algo. Desgraciadamente no lo había hecho, pero sí les cantó (como mejor pudo, pues claramente no era un cantante profesional) la historia del muelle maldito, del capitán llamado por las sirenas y su buque fantasma que regresaba en las lunas llenas. Y también que si querían acceder a las cámaras del puerto, la autoridad del mismo sería la que tenía las grabaciones de lo ocurrido en la hora de la entrega. 

El edificio de la autoridad portuaria, que imitaba arquitectónicamente el puente de un barco, estaba empezando a despertar con los primeros trabajadores madrugadores y el equipo de limpieza ya haciendo sus labores. Argos forzó la cerradura y les guió entre limpiadores y oficinistas sorprendidos, hasta la oficina de seguridad donde un hombre bastante corrupto (pero corrupto cutre) se suponía que vigilaba las cámaras pero más bien siesteaba en los brazos de Hypnos. Aparentemente el que le daba las drogas a la conductora de furgoneta le hacía transferencias digitales todas las semanas para que él borrase las grabaciones con una app diseñada específicamente para ello. Conseguir esto requirió sobornos cutres, llantos por los hijos y amantes que tenía que alimentar por parte del agente de seguridad y, en general, una escena entre lastimera y patética por parte del mortal. Y esto, queridos, son las cosas que tenemos que tejer en el tapiz, a veces los aqueos no son precisamente el ejemplo de areté que deberían ser. A veces solo venden las almas de una polis por 50 sucios dracmas para mantener a sus amantes contentas.

Pero la red estaba completa con ello. Tenían número de teléfono y de cuenta bancaria, con acceso a eso tendrían identificada a la persona que buscaban. Como la policía le recordó a Aleksei, para eso haría falta una orden judicial. Pero en una monarquía como la cretense, por mucho que hablasen de leyes y el poder del parlamento, sin duda la llamada de Zoi a la Reina es más que capaz de... acelerar los trámites. No sin que antes les de tiempo a ir a desayundar al diner donde, casi en otra vida, la Elegida de Hermes había trabajado. Melina estaba abriendo y fue ella quien les sirvió las tortitas, los platos de bacon y huevos, los batidos... y quien se llevó una oferta de trabajo mejor en el Boukephos y quizás ser la sidekick de Zoi. Y al final del desayuno les llegó la información de quien buscaban: Homero. Alguien sin rastro ni información aparentemente en ningún sitio, pero real.

Suficiente. Aleksei recibió una recomendación de Circe sobre la mejor tienda de sacrificios de la ciudad y hasta allí se encaminaron, a un peculiar establecimiento de animales situado detrás del Templo de Zeus. Una vaca, unas plegarias para expulsar a los malos espíritus del lugar, un ritual entre los tres Elegidos para sacrificar al animal y la sangre les apuntaba la dirección, de vuelta al puerto. Al muelle maldito. Pero ese estaba vacío, como lo había estado cuando llegaron. El macedonio sin embargo, confiando en su magia, se arriesgo y alargando la mano tocó la superficie metálica del casco de un barco invisible. Pruebas, piedras lanzadas para identificar el lugar del navío y, antes de que terminasen con lo que estaban haciendo, se presentó ante ellos Homero con sus tres terribles perros negros y sobrenaturales. Más lobos que perros, más pesadillas que lobos, rodeaban al Elegido protectivamente mientras él, confiado se dirigía a los recién llegados.

Creía tener todos los ases en la manga y se negó a cooperar. Pero se equivocaba. Con Argos acechando invisible, Zoi le sacó una foto y la envió a Herakles y a la Reina, y eso empezó a mostrar al otro Elegido que se equivocaba sintiéndose tan seguro de si mismo. Podía ser más poderoso que ellos pero ellos no temían a los perros y los patrocinados de los dioses eran familia y no podían luchar unos con otros. Zoi hizo aparecer el martillo en sus manos, y amenazadoramente pero con elegancia Aleksei dispuso las cartas del otro Elegido sobre la mesa. Pero este no colaboraría, y ante esto el mar comenzó a picarse. Homero no sabía lo que esto significaba, pero los demás sí: Circe venía y no lo hacía contenta y su patrocinadora estaba atenta a ello. También la policía venía de camino a petición del motero.  

Y la confianza y bravatas de Homero, su poder y dominio se empezaron a evaporar cuando la presión de los tres Elegidos fue complementada por la llegada de la Elegida de Anfitrite. Ella puso algunas cartas sobre la mesa, pero sobretodo se apoyó en todo lo dicho por los otros tres para presionarle hasta que el otro se quebró. El Elegido de Caronte se encontraba en la ciudad cumpliendo una misión de su Patrón, pues el Inframundo estaba bajo alguna clase de amenaza que había desequilibrado el mismo. Y debía ser fortalecido por almas adicionales que llenasen los salones del Que Tiene Muchos Invitados. Y ahí fue Zoi quien se le ocurrió la solución, si había que entregar vidas de gente saludable al Hades, los presos del Laberinto eran los más adecuados siendo lo peor de lo peor de las polis aqueas.

Así, con esa solución, se cerraba ese capítulo. El misterio de la Trascendencia había sido esclarecido, pero implicaba un precio en vidas mortales que deberían ser sacrificadas. Un precio amargo y complicado que pagarían criminales, violadores repetidos, asesinos en serie. ¿Acaso eso lo hacía aceptable? Es difícil saber, cuando la voluntad de los dioses no se explica, cuando lo que cambia puede implicar alteraciones en el equilibrio del orden universal de las cosas. ¿Cuanto valen unas vidas en comparación con la estabilidad del Hades? Temas que reverberaban con las conversaciones sobre el bien que habían tenido en Egipto y que les encaminaban ahora a la entrega de una carta en Ophioussa. 

Pero esa es historia para otro día...

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