Bajo la Égida del Pantheoi 17:


Os contaremos una historia de amor, pero como todas las buenas esta es una tragedia. Comienza con el regreso de Hefesto al Olimpo, después de haber sido tirado de la montaña por su madre Hera. en su venganza e ira, el Herrero le regaló un trono de oro que inmediatamente ató a la Reina del Olimpo y no la dejaba levantar. Dionisio intervino para tranquilizar las cosas y consiguió que el Cojo aceptase liberarla, pero antes este negoció con Zeus la mano de Afrodita en pago. Pero su matrimonio no sería feliz porque Hefesto solo ama realmente sus creaciones, y la Diosa del Amor se encontró en una situación de soledad, exhibida como trofeo pero sin cariño o afecto reales. Y esa fue la puerta que Ares logró abrir para alcanzar el corazón de la bella diosa.

Pero los amantes solo podían juntarse en la noche, a escondidas, colocando el Dios de la Guerra un guardia que les avisase cuando se aproximaba el amanecer para poder separarse y que nadie viese nada. Sus ardides fueron detectados por Hypnos, sin embargo, y demasiado cobarde para gestionarlo él mismo, el Dios hizo que el guardia se durmiese. De este modo cuando Helios se alzó en el cielo encontró a ambos amantes abrazados en la cama. La furia de Hefesto fue enorme al enterarse y llevó a los dos encadenados ante el trono de Zeus para regocijo, entretenimiento y chanza de la corte divina, y humillación de ambos dioses. Aunque la situación se mantuviese por mandato divino, sería de Ares de quien Afrodita quedaría embarazada, dando a luz a Harmonía, Phobos y Deimos. Y sería en la boda de la hija durante la cual el Forjador se cobraría su venganza, regalándole un collar increíble que traería el infortunio a su matrimonio con el Rey Cadmus, pero también a cualquiera de su descendencia. 

Y ahora, tantos siglos después, es Hefesto quien arrastra los pies al lado de Afrodita frente a la corte divina. En sus tronos sentados, Zeus se inclina hacia el frente ofendido de que se haya desafiado su mandato, mientras Hera a su lado sonríe. Ella no ha perdonado que Hefesto la encadenase, y está ahora complacida de verle encadenado a un matrimonio que solo le hace infeliz... igual que no ha olvidado que no fue a ella a quien llegó la Manzana Dorada.


La cámara gira en la audiencia, llena con la asistencia de todos los dioses, y encontramos a Dionisio y Apolo bebiendo juntos, riendo, borrachos. El Arquero le está contando con gesticulaciones la historia del grifo en el avión, pero su divertimento se interrumpe cuando Clío, musa de las gestas y la historia, corre a su lado con nuevas. Y en su mano, la copa de vino revienta aplastada por su fuerza divina, mientras la ira del Auriga Divino se revela entre sus aspavientos, pues ha sido desafiado por segunda vez, esta vez en su tierra favorita de Delphi.

Desciende la cámara a una factoría donde los hombres trabajan en las armas de las amazonas: rifles, espadas, escudos balísticos. Y un padre se mueve entre los reunidos, sonriendo, ayudando a los que lo necesitan, bromeando con otros, trabajando duro en su puesto. Pero una de las guerreras asiente inconscientemente y sin justificación avanza decidida y de un certero golpe de su espada cercena la cabeza del hombre. La sangre se derrama en el lugar mientras los ojos ahora ya ciegos del difunto son capturados por un haz de luz solar y se alzan pues esa cabeza debe llegar a Delphi como castigo a Eléftheros.  

Rápidamente el conflicto se extiende entre los hombres, indignados ante el crimen sin causa, y las amazonas que se encuentran superadas numéricamente. Un puñetazo lo transforma en violencia y la situación rápidamente escala cuando las guerreras sacan a relucir su entrenamiento, equipamiento y capacidad. Y mientras la cámara muestra la sangre derramada y corriente se va alzando paso a paso de vuelta al Olimpo donde, apartada de la concurrencia de dioses que se divierten con la humillación de Hefesto y Afrodita, una diosa de negras alas mira directamente a la pantalla, rompiendo la cuarta pared y, llevándose la mano a la boca, simplemente dice "Ooops!".

Desciende finalmente la cámara al Elegido de esa diosa alada, pues Eléftheros está en el templo de Atenea, algo más tranquilo pero todavía con la cabeza entre los brazos. Y aunque Zoi intenta conseguir información útil sobre lo que está ocurriendo, el pobre Parmenides no está en condiciones y Herakles solo puede señalar que sus notas están arriba, en el edificio de la Liga. Aleksei abandona raudo el templo, decidido a continuar su plan de sacrificar a los animales que trajo a Apolo, mientras Lyra y Zoi analizan la foto del lugar donde el Collar había sido robado. La imagen, tomada por los sacerdotes al llegar, mostraba un ritual mágico y la capacidad de las dos muchachas desentraña muchos de sus secretos: la invocación a Eris para que los guardas estuviesen distraidos, la magia invocando el nombre de Atenea para protegerse del efecto del Collar de Harmonia, y una última mención a Hefesto que no se entendía porque demasiado poco restaba de ella.  

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Paraiso Perdido 32: Sin luz, sin luz

Paraiso Perdido 27: Una vida para amaros

Renglones Torcidos de Dios 1