Bajo la Égida del Pantheoi 18: Ares a las puertas

Las cuatro naciones de los aqueos nunca encontrarán la paz y la unidad que tienen nuestros vecinos egipcios al sur. Dos dioses de la guerra y miles de años de los dioses recordando sus anécdotas de la Titanomachia, de la Gigantomachia, de la Guerra de Ilion o las múltiples Guerras del Peloponeso, o la masacre de los Etruscos. Al fin y al cabo, venimos todos del Kaos primordial y ponerse de acuerdo en la familia es casi imposible. 

Ante lo descubierto, Zeus exige a Hekate que se presente ante su trono a rendir explicaciones. Pero la diosa no es vasalla del Rey del Olimpo sino una moradora cthóntica del Hades, y no rinde pleitesía ni explicaciones al que Esgrime el Rayo. Ante su negativa, Ares con soberbia se pone en marcha para solucionar las cosas a su manera, apartando a la diosa triple con un fuerte empujón y la sonrisa brutal de quien espera el espectáculo de una buena masacre. Y sus hijos se ponen a su lado camino de la salida del Olimpo.

Y en esa tierra, ese valle de grandes estatuas, la puerta de entrada es destruida y por ella entra Achillea con sus MYRMIDONes. Soldados, artillería, tanques van desplegándose a sus órdenes. Mientras Fenix, el Terror de Halikarnassos entra después de ella, su coraza luciendo las mismas enseñas que el antiguo Escudo de Herakles. Y finalmente la silenciosa Agnes, ajustando la mira de su rifle de francotirador antes de desaparecer con su camuflaje. La llegada de la última Elegida de los hijos de Ares y Afrodita, encuentra a la joven Athootica buscando una conversación que solucione los problemas, solo para ser agarrada por el cuello por la Elegida de Ares, puesta en su sitio con severas palabras y lanzada fuera de donde pueda molestar. El Olimpo mismo les ha enviado a poner fin al desafío prometeano al trono de Zeus y eso se hará por la fuerza de las armas, Harmonia solo sirve para traer dolor y sufrimiento.

Dentro de la mansión réplica de la de Ulysses, los otros Elegidos deciden la ruta a seguir. Aleksei comprende que no quieran arriesgar la vida en un combate contra los Elegidos de la estirpe de Ares, pero pide al menos que no se interpongan y se unan al enemigo. Al fin y al cabo, Dionisio, Hermes y quizás Hefesto son todos hijos de Zeus y los patrones de la mayoría de los presentes. Sappho, que escucha con su mirada puesta en Achillea del otro lado del valle, les confía la historia de que la guerrera mercenaria era la culpable de la muerte de su amado durante la última guerra entre Athína y Sparta, cuando por rechazar sus avances románticos, ella le mandó a luchar a la parte más terrible del campo de batalla. Venganza estaba escrito en su rostro, prácticamente, pero su sabiduría era suficiente como para saber que no se podía medir en el campo de batalla, sino que era necesaria una estrategia. Y los otros Elegidos tuvieron una idea brillante, que no llegarían a poner en práctica pero que mostraba su capacidad para buscar soluciones inesperadas: este valle mágico estaba oculto a todos los dioses pero si se perdía esa protección en el momento justo, y la mercenaria ya había atacado, la ira de las Erynias se cerniría sobre ella y sería destruida. Pero para lograrlo, la poderosa bruja debía permanecer dentro de la casa para poder cancelar los conjuros y crear una adecuada ilusión en el momento adecuado. Y eso abría el camino propuesto por Zoi de buscar una solución pacífica a todo el actual conflicto, pues ella no se sentía implicada en esta batalla pero creía que una unidad podía ser beneficiosa a largo plazo, no en vano había que reunir a la familia de nuevo. 

Así que los cinco Elegidos salieron a parlamentar, mientras el cíclope, los centauros y los sátiros se disponían a batirse en combate contra los miembros de MYRMIDON desplegados ante ellos. Y lo primero que encontraron fue sorpresa en el gesto de Achillea, que no esperaba encontrar Elegidos entre los objetivos de su misión. Pero como Defensora del Olimpo la guerrera no estaba dispuesta a dar un paso atrás en su misión, pero sí estaba dispuesta a escuchar lo que los otros tenían que decir, aunque debe señalarse que acaso decir que los modales de la mujer eran bruscos sería ser demasiado educadas al respecto. Y Argos pronto notó que la coalición de atacantes tampoco estaba tan unida, no solo por las optimistas e inocentes palabras de Athootica, sino porque Fenix tampoco estaba muy de acuerdo con estar allí, solo cumplía por su devoción a su patrón y a los dioses en general. Y esos conocimientos se unieron en las palabras del Elegido de Dionisio y la Elegida de Hermes para ir abriendo una grieta donde pudiese entrar la paz, mientras Lyra empezaba a atar los cabos en su mente: si los dioses no podían ver aquel lugar, era Hefesto el que había hecho trampas y les había utilizado como herramientas a través del regalo del monóculo. Traicionada, engañada y usada, la Elegida se dirigió a la salida del valle, no queriendo formar parte de lo que estaba ocurriendo y la creciente tensión. Porque por mucho que Aleksei argumentase que no había prometeanos ya en aquel lugar (al menos no del tipo que él había advertido a Zeus), la presencia de Dimitris señalaba lo contrario. Y ahí fue donde el Terror de Halikarnassos sugirió que si era la única barrera a una solución pacífica, entonces él se mediría en monomachia contra el gladiador y así no se derramaba más sangre de la necesaria. Achillea fue convencida por todo esto, pero si los enemigos del Olimpo no se rendían habría una masacre igualmente, aunque los Elegidos presentes no fueran el objetivo de la misma. 

Así que Athootica, ilusionada y parlanchina porque otros encontrasen en la palabra la solución a los problemas, acompañó a Dimitris y Aleksei a hablar con el cíclope, pues el macedonio tenía una treta en mente. El cíclope no era uno cualquiera, era uno de los tres hermanos primigenios, hijos de Gaea y Urano, uno de los grandes herreros de la forja del Olimpo y una criatura lenta pero sabia. Y como el resto, escuchó las palabras del motero, pero a diferencia de centauros y sátiros, tanto él como la bruja que se escondía en el interior del palacio entendieron las opciones que le ofrecía y la libertad de escoger su camino. Sacudiendo el mundo con sus pasos, el poderoso cíclope abandonó el valle camino de una de las montañas tras prometer que si sus caminos se cruzaban de nuevo les debía un favor por esa amabilidad demostrada y, aunque no lo supieron en el momento, Sappho abandonó el palacio a través de las Encrucijadas que su magia podía crear. Athootica no cabía en si misma de alegría al ver que todo se estaba solucionando pacíficamente, especialmente cuando Argos llegó allí y se ganó rápidamente la amistad de los sátiros con unos vinos y neutralizó la sed de sangre y amenazas de los centauros con su sonrisa y paciencia. No habría batalla, por mucho que eso contrariase a Ares.

Mientras tanto, Zoi había ido a buscar a Lyra a la entrada del valle, donde la Elegida de Hefesto meditaba. Con palabras directas y amargas, la ingeniera le confió a la mensajera que era el Dios Herrero el que había traicionado su empresa con el monóculo, un artefacto con doble filo. Pero su amiga la convenció de regresar, que no todo estaba dicho y las intenciones de Ares estaban prontas a frustrarse y, con ellas, la traición de su Patrón. Pero la mecánica no estaba por dejar las cosas así y en protesta se interpuso entre Achillea y sus objetivos: no se enfrentaría a la Elegida y a los suyos, pero mostraba su disgusto y desafío a lo que estaba ocurriendo. Zoi no se unió del todo, no deseando contravenir a los dioses olímpicos pero, para sorpresa de algunos, el que sí se unió fue Fenix, que claramente estaba en desacuerdo con lo que estaba ocurriendo. Pero aquello no conmovió a la CEO de MYRMIDON que viendo a sus enemigos dispersarse, comenzó el bombardeo de las estatuas, el palacio y cualquier otro lugar de importancia de aquel lugar blasfemo que había sido enviada a destruir. 

Todos nuestros protagonistas, junto a Athootica, abandonaron el valle al que nunca nadie podría regresar, con el sabor del éxito pero también la destrucción de algo hermoso, y las preguntas que cada uno podía tener sobre lo ocurrido. Lyra quería enviarle un mensaje a Hefesto, para lo cual lo mejor era que se encargase Zoi pero, a raiz de que la Elegida de Harmonia comentase que había sido traída hasta aquí desde Néa Athína por Grigori, la Elegida de Hermes recordó que tenía el teléfono del repartidor desde el día de la cita y le pidió ayuda para enviar un mensaje, para que les llevase a la cercana Delphi y le diese una respuesta. Y con la furgoneta de Varkáridon aparcada un instante después a su lado, el joven cogió la carta de Lyra para entregarla a Hefesto, aceptó encantado llevarles a Delphi y les dio una respuesta que no era ninguna de las opciones que esperaban: había sido un Elegido hacía tiempo pero ya había bebido el néctar y comido la ambrosía. 

El viaje al Oráculo duró pocas centésimas de segundo y fue seguido de unas conversaciones y preparaciones. Mucho quedaba por hacer, pero el tiempo, por ahora, llegaba a su final. 

Abandonamos a nuestros héroes y viajamos al sur, a Olympia, donde los Juegos alcanzan su final apoteósico. Pella quedó segunda en las carreras de F1, pero más importante Heraklion tuvo la misma posición en el stadio y Mykos de Doclea se alza ante la multitud para que Ajax el Corintio ciña sobre su cabeza la corona de laurel que muestra el vencedor, el que ha obtenido el favor de Zeus para su polis. Y entre el aplauso de la multitud y la decepción de muchos, vemos a la delegación espartana en el momento en que la explosión sacude su palco. Apollonia sale despedida volando metros, igual que Menelao cuyas heridas son mucho más graves, entre brazos amputados y torsos volatilizados. Incluyendo el segundo Diarca de la polis. Sacrilegio, asesinato, atentado terrorista en las festividades más sagradas de Zeus.

De allí a un salón donde un hombre radiante ve la llegada de Echidna. Sus ojos brillan como el sol, y es un rayo del mismo el que desciende a su mano para formar una espada, pues es Hijo de Helios, Guardián de Typhon y la batalla llega a su puerta. Y con cada choque de garras y luz, cada esquiva y cada ataque, la isla entera de Sykillia se sacude con violencia y virulencia ante las fuerzas desatadas sobre la misma. Y será la Madre de Monstruos la que salga vencedora, bebiendo el ícor sagrado de las venas del dios muerto y devorado a sus pies. Asesinado a plena luz del día para que, en lo alto, su padre vea a su hijo morir sin poder hacer nada al respecto.

Finalmente vemos a Prometeo, encadenado a su piedra, el águila devorando sus intestinos. Él ya ha previsto todo esto, es su dominio como Titán, y mientras el primero de sus eslabones cae en manos de Dimitris, él mira a nosotras con una sonrisa afable, paternal, benévola. Porque ha visto cómo las alianzas familiares se rompen, con un Ares que no ha conseguido la matanza que buscaba, un Hefesto rechazado por su propia Elegida que le impone un últimatum con su carta y un Zeus que tiene un trono que otros familiares ambicionan, cada vez rodeado de menos apoyos fieles y leales a medida que aumentan las amenazas. Y en una plaza, una estatua de una diosa alada, con un látigo en una mano y una balanza en la otra ve como, levemente, las escalas de la misma se mueven. 

 

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