Bajo la Égida del Pantheoi 16: Prohibiciones de familia
Tassos está tirado en el sofá del local, tocando el bajo. Meditando sobre las excusas habituales, que si es una familia complicada, que si se hizo por amor. Todos son putos tiranos divinos que hacen y deshacen con los mortales como quieren, y es hora de enseñarles con la revolución, que son los mortales los que mandan. No con grandes planes y grandes diseños, sino con la acción directa, con cada golpe de la púa en la gruesa cuerda metálica o en las calles. Al fin y al cabo, él es el Elegido de Epimeteo, y primero hay que liberar a Prometeo. Y eso no se hace con profundas meditaciones y razones, eso se hace paso a paso, golpe de baqueta a golpe de baqueta.
La cámara encuentra a Aleksei y Lyra acompañando a Gina a ver a los abogados para organizar su divorcio, como les ha encargado Hefesto. La prestigiosa letrada de Ephyra ha visto muchos matrimonios rotos entre estrellas famosas y sus honorarios son acordes. Pero con la información obtenida del ordenador privado del director de cine, es probable que se pueda presionar al marido para acordar una separación sin llegar a la sala del tribunal y acelerar los trámites notablemente. Quizás con la ayuda de los Elegidos, pues sino probablemente la cabezonería, el orgullo, y demás impedirían que el marido aceptase, y ambos acceden a estar allí al siguiente día, aunque Aleksei temía profundamente que estarse metiendo en estos asuntos, que claramente a sus ojos era un intento del Dios Herrero de ofender a la Diosa del Amor, les ganaría a ambos la maldición de la Más Hermosa. Así que tras el tiempo en el bufete, Lyra se quedó en compañía de Gina para animarla con una cena y salir de fiesta y así que saliese un poco de la espiral de culpabilidad y duda que la atenazaba, y menos mal porque de no ser así los pensamientos suicidas de la joven actriz bien podrían haber llevado a un terrible desenlace.
Aleksei tras ello se encuentra con Dimitris y Zoi, que estaban haciendo tiempo antes de ir a visitar a los prometeanos de la ciudad, en un local de una asociación vecinal. Una veintena de personas les vieron allí y al principio el Elegido de Prometeo no sabía cómo manejar la situación y fue todo un poco incómodo, hasta que Zoi empezó a relajar las cosas y romper distancias. Los prometeanos de Ephyra i Omorfi eran un grupo diverso, sin poder centralizado, con distintas preocupaciones e intereses. Algunos se centraban en intentar llevar la polis hacia la democracia, otros temían que eso la arrojase directamente a la tiranía de nuevo, otros se preocupaban más por los mortales y otros por los dioses. Y navegando entre argumentos y afirmaciones, algunos conocían a los prometeanos que planeaban ponerle una bomba a Apolonia en Sparta. Y los más viejos del local conocían a algunos de los integrantes de otra célula prometeana en activo en Néa Athína. Quizás hebras de las que tirar mientras Dimitris se ganaba la confianza de los locales con su oferta de protegerlos si seguían una senda pacífica, las buenas ideas de Aleksei sobre cómo cuadrarlo todo, y la afabilidad de Zoi para reunir a todos bajo una misma sonrisa. Y tras todo esto, el primer paso para redirigir a los prometeanos, se juntaron con Lyra y Gina para terminar la noche entre margaritas, un poco de baile, alguna cantidad de lágrimas, algunas frases desacertadas y algunas risas robadas al infortunio.
Con la mañana, Lyra y Aleksei acompañan a Gina de nuevo al bufete, donde junto a su abogada ya se encuentra allí el Dimarchos en representación del poder judicial para asegurar que el papeleo está bien hecho y dar fe de lo que se hable en la sala entre ambas partes. Y es llegar el marido y mostrar que hablar se hará entre insultos y malas formas, desprecios y sobreaprecios de uno mismo, pues el director Stavros es cualquier cosa menos una persona generosa, tranquila y abierta a lo que los demás quieran. Es un encuentro amargo, que llega al extremo entre insultos de que el cineasta se saque la polla para que Aleksei se la chupe aunque el Elegido de Hékate al final pone algo de sentido en todo aquello y se niega. Pero las pruebas del ordenador y las palabras adecuadas, finalmente consiguen que ambas partes acuerden un divorcio claramente ventajoso para Gina (aunque no tanto como Lyra quería) y que Stavros no buscaría hacerle daño a nadie de los implicados. Ya solo faltaba ratificarlo frente al Dikastis, que les recibiría una hora y media más tarde en el juzgado.
Mientras tanto, Dimitris desayunaba con Zoi comentando todo lo ocurrido, y se acordaron de que no sabían cómo iban las pesquisas de Herakles y Eleftheros con respecto al Collar de Harmonía. El Elegido de Eris se escondió para contarles lo que estaban investigando y algunas barreras encontradas (acompañadas de una foto afable de Herakles fracasando en intentar convencer a un burócrata de la Liga) y salió mencionado que Parmenides pensaba que era culpa suya que la Pythia Tagmatarchi no recibía visitas desde que él había estado allí. Y olvidando las prohibiciones de Apolo con respecto a las profecías de sus oráculos, Dimitris contó algo de lo que ocurrió cuando él estaba ante la portavoz del Auriga del Sol, algo que nosotras aquí no repetiremos para no incurrir en su ira. Y en respuesta una flecha solar cayó desde los cielos, hiriendo al gladiador en su alma misma, más allá de cualquier sanación hasta que no se restituyese la ofensa al Divino Arquero. Sorprendidos e impactados por la pronta venganza divina ante la violación de la prohibición, ambos Elegidos corrieron a encontrarse con los otros camino del juzgado, discutiendo cómo podían levantar la maldición. Quizás la solución fuese granjearse el apoyo o favor de Apolo defendiendo o ayudando en alguna de las polis consagradas a él, quizás previniendo los atentados en Sparta o resolviendo la cuestión de la Pythia en Delphi.
Los juzgados estaban consagrados, como suele ser el caso, a Temis, Dyke y Atenea, un edificio medieval sólido en piedra que había sido modernizado con los tiempos. Fueron comentando todo esto mientras avanzaban a ver todos juntos al Dikastis, temiendo con ello incurrir en una nueva maldición, en este caso de Afrodita. Pero no era eso lo que el Destino deparaba. Cuando empezó el que debería ser un evento de simple firma para confirmar lo acordado por la mañana, el verdadero drama detrás de todo se manifestó. 3000 años de un matrimonio infeliz, Hefesto y Afrodita habían encontrado en las modernas leyes de los mortales que permiten el divorcio una salida a su situación, y escondidos en el mundo planeaban cambiar su sino. Pero en la persona de una sacerdotisa de Hera, la Reina del Olimpo misma intervino, señalando que lo que Zeus había ordenado unir no se podía separar con argucias y triquiñuelas; incluso la participación de Dyke tomando el cuerpo del juez para garantizar que aquel divorcio era legal solo incurrió más en la ira de la Diosa de las Manos Blancas que ante los Elegidos presentes obligó a las otras divinidades a abandonar la argucia y la superficie de Gaea y regresar al Olimpo ante el trono del Portador del Rayo y explicar sus acciones. No sin que antes los dioses presentes viesen el tatuaje que Aleksei lucía en su espalda, con la visión transcrita que Hékate le había concedido y cómo la unión familiar era tan importante en lo que estaba ocurriendo. Con las presencias abandonando el tribunal, los mortales acabaron más que exhaustos, en un coma mismo para el cual fueron llevados al hospital donde les atenderían hasta que se recuperasen. Y nosotras creemos que si la Protegida de Argus no maldijo a los Elegidos por ayudar a la blasfemia de divorcio que estaba teniendo lugar fue, al menos en parte, debido al favor que habían obtenido de ella al sacrificar al albino toro en Heraklion.
De vuelta al exterior y tras asegurar que los mortales estarían bien, era hora de compensar la maldición de Dimitris. Este no se disculparía ni haría ofrendas a los dioses, y probablemente ellas no fuesen suficientes para atemperar la furia de Apolo, así que finalmente escogieron viajar a Delphi donde quizás podrían ganarse su perdón si solucionaban los problemas de la polis. Un vuelo rápido de aeropuerto a aeropuerto debería haber sido suficiente pero en medio del cielo y bajo el brillo de Helios, un grifo descendió sobre el aparato volador con intención de arrancar las alas. Mientras Aleksei y Lyra tranquilizaban a los pasajeros que veían con horror la llegada de la criatura, Dimitris y Zoi atravesaron los espacios hasta llegar al ala misma donde comenzó un titánico combate a miles de metros del suelo. Martillo contra garras, puños contra alas, picos y graznidos, la furia se desató en los cielos mientras la ingeniera con rapidez intentaba reparar los daños que sufría el aparato y el motero coordinaba a los combatientes que asaltaban con eficacia a la criatura. Con grandes aspavientos y palabras, la mensajera logró atraer su atención y con su despiste, un golpe en el costado por parte del gladiador lanzó a la criatura fuera del aparato y esta, herida, se alejó volando de vuelta a donde fuera que hubiese estado. Los pasajeros los recibieron como los héroes que eran, pues habían salvado a todos los que allí viajaban, incluidos una pareja que tenía en camino a un niña que decidieron bautizar como Zoi. Videos, fotos, selfies, e incluso un mensaje para Themistocles como respuesta a los ataques que este había difundido en Kardia tis Athina. Y para cuando aterrizaron en Delphi, Apolo parecía un poco más tranquilizado y la herida espiritual de Dimitris algo sanada, por la gesta realizada y el entretenimiento del que le habían proveído.
Ahí se separaron, pues Lyra y Aleksei querían subir al oráculo con los apropiados sacrificios, mientras Zoi y Dimitris querían subir cuanto antes. Estos dos encontraron a Eleftheros a medio camino y este, entusiasmado, les llevó al templo de Atenea Pronoea donde una vez se había guardado el Collar de Harmonía hasta su desaparición. El Elegido de Eris les mostró todo el lugar y les contó como las fotos de lo ocurrido señalaban alguna clase de ritual mágico quizás con la ayuda de algún modo de su propia patrona. Pero hablando de eso, Parmenides cometió el error de repetir lo que Dimitris había dicho que había ocurrido en el Oráculo, que de nuevo no repetiremos aquí, pese al infructuoso intento de impedirlo por parte de sus amigos. Quizás ese era el caos y conflicto que la Diosa de la Manzana Dorada buscaba generar. Quizás solo fue el Destino, o la mala fortuna. Pero romper la prohibición de Apolo por segunda vez en el mismo día, ahora en la ciudad más sagrada de su culto fue algo que el Arquero no estaba dispuesto a tolerar y su furiosa venganza fue inmediata.
Por la puerta del templo entró un sacerdote con un objeto redondo y cálido envuelto en telas, que le entregó a Zoi para que ella, como mensajera, le diese a Eleftheros. Y cuando este abrió lo que le entregaban, el horror cubrió su rostro primero y lo que siguió fue la más extrema de las iras, pues entre paños le llegaba la cabeza cercenada de su padre. Antes de que nadie pudiese hacer nada para evitarlo, el Elegido se lanzó sobre el sacerdote, lanzándolo al suelo de un violento puñetazo y persiguiéndole para terminar el trabajo. Solo la fuerza de Dimitris y las palabras tranquilizadoras de Zoi pudieron evitar que a la lista de afrentas al Arquero se añadiese asesinar a uno de sus sacerdotes. Aleksei y Lyra entraron por la puerta en el momento en que el ensangrentado clérigo salía corriendo por ella, y encontraron a los otros dos intentando tranquilizar al favorito de Eris. La propuesta de Zoi, ante el silencio incapaz de decidir cómo actuar de Dimitris, fue que en lugar de atentar contra los sacerdotes y el lugar, Parmenides buscase a Kritias, el Elegido de Apolo, y lo humillase en alguna clase de enfrentamiento, que eso humillaría al dios que le patrocinaba. Y Aleksei le recordó que ya las leyendas de Orfeo, o de Dionisio, hablaban de que algunos de los grandes héroes eran capaces de descender al Hades y rescatar a quienes allí habían sido consignados, cuando llegase el momento. El futuro camino estaba trazándose ante el joven que, pasada la ira, cayó de rodillas entre lágrimas y estertores ante el dolor, la pérdida, el sufrimiento y tantos otros sentimientos que se agolpaban en su garganta sin forma de salir con claridad.
¿Y la Diosa de la Discordia? ¿Reía? ¿Lloraba? ¿Se sorprendía? Solo el tapiz por tejer podría responder a esa pregunta, pero siempre es doloroso el camino de los que se ven afectados de un modo u otro por la de la Manzana Dorada, cuyos pasos por el mundo tanta huella dejaban y dejarían en lo que estaba por llegar.
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