Belle Epoque salto temporal: Escenas desde la balaustrada 4

Los pinceles han trazado una imagen oscura, de fuertes contraluces con negros severos y pálidos blancos. Dos manos que se intentan tocar pero la tez firme de un padre las separa. Para siempre, inapelable, sus ojos fieros se interponen porque lo que debe ser será, y un pintor que nada será no será. Es una sentencia, un final, una condena. Un amor sellado en el terreno de lo imposible, para dejar espacio a que surja un matrimonio marcado por la conveniencia, con sus dorados y plateados tonos que caen sobre el cuadro como monedas y anillos. 

En el siguiente atril se ve un escenario. Una pared oscura está interrumpida por una puerta abierta que deja ver la calle nocturna de París del otro lado, iluminada por una tenue luna que asoma por encima de los tejados de los edificios que circundan la Sorbona. Solo un objeto está presente en el lugar: una maleta de cuero, gastada y maltratada por el uso, que está posada frente a la puerta, presta para ser llevada más allá. Una vida entera guardada en ella, con unos pinceles que levemente asoman por un cierre que no logra sellar de todo el contenido. La invitación a un viaje no deseado, la puerta que da pie a la huida de una vida de amargura que no se puede olvidar ni dejar atrás en realidad. 

El tiempo pasa antes del siguiente cuadro, que muestra un pequeño taller, humilde y pobre. René se encuentra sentado frente a un atril con un retrato a medio hacer: una mujer anciana en una granja alemana, enmarcada la ruina que es su cara surcada de arrugas por la ruina que queda de su vida en la forma del edificio. Tras el pintor que trabaja, una mesa de madera está cubierta por cartas que nunca han sido abiertas, escritos demasiado dolorosos de un amor que no puede ser. Y en el suelo, partido, imperfecto, insuficiente, un retrato de Elise sonriendo, tierna, dulce y amorosa como lo fue, como quizá lo sea aún, como más duele. Su cara cubierta por los restos de una botella de vino barato como tantas otras que se dispersan por el suelo, el viejo amigo que nunca traiciona y te acompaña en sus rojos tonos a adentrarte y hundirte en las profundas simas del autoodio, la autocomplacencia, la negación del yo. 

El cuarto lienzo muestra a un hombre, un líder industrial de éxito, visitando el taller del pintor y cómo este le muestra sus obras. Hay un aprecio sincero en los ojos del germano, pues el alma alemana siempre ha tenido un particular amor a lo trágico, a lo oscuro y a lo triste. Las monedas aun no cambian de mano en la pintura, pero es innegable que lo harán al poco, la señal de un éxito que llega demasiado tarde, demasiado lejos, demasiado irrelevante ya para evitar la separación. La dulce ironía de unos tiempos turbulentos, de unos amores que no son suficientes pese a su fuerza y sinceridad.

La quinta y última obra es completamente diferente, firmada por una pintora distinta. Colorida, luminosa, está elaborada con miles de pequeños puntitos que vistos de cerca solo son caos, pero en la distancia muestran una imagen clamorosa, una verdadera obra maestra que retrata la boda de Elise de Vries y Daan Jansen en París. Un torrente de puntitos blancos forman un hermoso vestido de boda, otro en negros y rojos y azules el traje del novio, y sus rostros blancos y rubios se miran a los ojos ante la satisfacción de los padres de ambas familias y el resto de invitados. Pero la maestría luminosa y colorida de la obra no transmite la felicidad del momento, sino la profunda tristeza de un matrimonio que es un contrato y no un enlace. Y la notable ausencia de quien debería estar pintado tomando la mano de la novia y colocando en ella la arra que corresponde. 

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El café está lleno de conversaciones, de risas, de debates airados. Das Rednerpult es un lugar frecuentado por los artistas de Berlín, especialmente pintores, y las discusiones animadas sobre el arte y su significado, y el conflicto entre tradición y modernidad son parte central de las charlas entre los integrantes de la Secesión Berlinesa y aquellos que no comparten sus ideales artísticos. En una de las mesas, sentados frente a frente con nuestros cafés y el diario del día entre medias, Karl Scheffer y yo llevamos un buen rato discutiendo animadamente estas cuestiones.

-¡Pero, Maximillian, París está claramente obsoleto, anclado en ideas de un tiempo que fue y en una pintura que ya aburre! El Impresionismo Alemán es el futuro, sabes de sobra que hay que cambiar si queremos hacer algo que tenga verdadero significado. Por mucho que el reaccionismo Imperial quiera paralizar todo...- la amargura y pasión de la voz del pintor y crítico de arte son notables, que deja sus palabras en el aire con un gesto de la mano que parece querer ahuyentar a fantasmas que solo él ve.

-Lo se, lo se, Herr Scheffer... sabéis que comparto vuestra opinión. Si algo aprendí durante mi año viviendo en París es que sus artistas son más políticos entrometidos que verdaderos creadores de arte. Mirad a Herr Zola, a quien tuve la oportunidad de conocer, y pese a su envidiable y disoluta vida, lleva años sin escribir nada, perdido en los asuntos del Consejo de las Artes. Ni siquiera ha terminado su ciclo de Les quatre évangiles pese a que lleva años con ello.-

-¡Precisamente! Como escribí en Der Deutsche und seine Kunst, en París todo es cuestión de percepción, un arte que pinta y describe esa realidad. En cambio aquí estamos yendo más allá, hemos trascendido o estamos en ello, ¡es tiempo del conceptualismo! La realidad ya ha sido pintada por grandes como Velázquez o Miguel Ángel, ¡ahora es tiempo de un cambio radical a un arte que vaya más allá!-

-Sin duda, una avant garde que dirían los franceses que deje atrás las ataduras de la tradición, aunque lo que he visto durante estos casi dos años que llevo viviendo aquí es que no toda Berlín opina lo mismo. Entre reunión y reunión política como Embajador de Bohemia, he tenido un vistazo más que claro a la élite política alemana y su apego a la tradición es muy fuerte, ¡no en vano eso os ayudó a establecer la Secesión! ¡Porque no se sentían suficientemente desafiados con lo que hacíais y permitía el ensalzamiento trágico de la identidad alemana y la expulsión y reducción de la influencia de los artistas extranjeros!-

El gesto de fastidio de mi contertulio es palpable. Como tantos berlineses está dividido en ese punto entre lo que viene y lo que vino. Por mi parte tampoco estoy exento de miscontradicciones, con el trabajo en establecer la Embajada para un nuevo país, lo complicado que fue el proceso constituyente, y las dudas que me asaltan de modo inesperado ante el hecho de que Padre haya sido Elegido Presidente en las elecciones. Yo no participé en la campaña, estaba en Berlín al fin y al cabo, pero aún así... Mis dudas son disipadas porque Scheffer ha retomado la palabra tras un largo trago de su café.

-Bah, tradicionalismo. ¡El problema es el Emperador Wilhelm II! Él y los que le rodean quieren convertir a toda Alemania en Prussia y no ven que la nación es más grande que eso. Mira todos los escritores críticos con sus políticas y las columnas que salen en periódicos y revistas, ¡incluso en la mía! Y eso que en Kunst un Künstler intentamos centrar nuestro trabajo en el arte, pero es que es imposible no ver cómo se relaciona con la política en el ambiente enrarecido que el Emperador lleva años creando.-

-Ni siquiera el Emperador puede detener la libertad del arte. Mirad el autorretrato que pintó vuestro amigo Herr Liebermann el año pasado, muchos lo considerarían un esbozo, un mero dibujo y no un cuadro o verdadero arte. ¡Y sin embargo lo es! Con sus trazos de carboncillo captura perfectamente a su persona, ¡y el acto de lanzarlo a la comunidad es una declaración de intenciones artísticas y políticas! ¡El arte es revolución y cambio, es la sangre y la vida de este nuevo y valiente siglo XX! Y solo se lo puede parar cuando se le ponen reglas, cuando se acepta el poder que entrañan las instituciones humanas para limitarlo.-

-¿Habláis de París o de Berlín, Maximillian?- responde intrigado e irónico mi contertulio. 

-¡Ambos! Aquí tenéis un Emperador que decide lo que es arte moral y válido y lo que no. Allí tienen un Consejo del Arte que decide qué arte se puede hacer y cual no. ¡Las mismas prisiones y los mismos barrotes en ambos sitios!-

-No nos compares, Maximillian, aquí el arte está creando un mundo nuevo y mejor, rompiendo las barreras del Emperador y su corte. ¡Esa es nuestra misión!-

-El arte también fue revolucionario en Francia durante el siglo XVIII y ahora aquellos que lucharon contra el poder se han convertido en el mismo y se han dejado corromper. Lo vi allí durante el año que viví entre ellos: a menudo con lo que consideraban sus mejores intenciones, artistas de todo tipo acumulaban poder para ejercerlo en sus objetivos y agendas. Herr Zola, la difunta Frau Dessandre, todos ellos manipulando con escritos y cuadros, tejiendo hilos en partidos políticos y servicios de inteligencia. ¡Sofocando al pueblo de Francia con sus conjuras y tejemanejes! Sus predecesores empezaron como vos y el resto de la Secesión, ¡y mira en qué se han convertido!-

-¡Sabéis que me he formado a mi mismo en las cuestiones del pasado, y muchos historiadores y sociólogos como Max Weber han señalado ya esas fallas! Mira la diferencia entre los escritores críticos alemanes, como Marx, y compáralos con los funcionalistas franceses como Durkheim que aceptan el orden del sistema como válido sin preocuparse por el significado de las cosas. ¡Nosotros no cometeremos sus errores! ¡Hemos aprendido de ellos!-

-Herr Marx escribió la mayoría de su obra en Londres, que difícilmente puede definirse como una vanguardia modernista. Y Francia también tuvo a sus Comte y Rousseau que eran iguales de críticos con sus tiempos. No cometáis el error de pensaros mejores que ellos, de tener esa soberbia y esa confianza en la gesselschaft de la sociedad germana. He dejado grandes amigos en París, a los que sinceramente quiero profundamente, y no les confiaría la gestión de una panadería, mucho menos sus altos cargos en el Concilio de las Luces o el Consejo de las Artes. La Secesión y toda su organización es el comienzo del mismo error que cometieron siglos atrás los franceses.-

-¡Bah! Los franceses no tienen el sentido trágico de la fatalidad germana para mantenerles controlados. ¡Toda su vanguardia es fruto de la opulencia y soberbia de Napoleón!-

-¿Y acaso, Herr Scheffer, dista ese narcisismo tanto del que muestra el Emperador Wilhelm II? ¿O del de vuestra Secesión, que decide qué artistas son arte de verdad y quienes no merecen tal apelativo?-

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El tren fue mala idea. Bueno, necesario. Pero mala idea. Traquetea to'l rato. Taktaktaktatak. Y se muebe pa los laos. Y yo aquí camino de coño ondo. Joder. ¡Putain! Pero es lo que ay. Sino el jefe me va dar tremendo pie paliza. Las gallinas y cerdos me miran raro. Quizás me los pueda papar. Debí robar snacks antes de colarme en el bagon. ¡Un mero churro robao! Nanay. Na pa povre yo. Solo tren a Bellin. No conozco a ni dios alli. Al menos no me conocen a mi tampoc. 

To cuchitril es igual. Aleman o frances. Povres somos tos y nos entendemos. Ay jefes aqui como n Paris. Ladronzuelos y rateros como yo fui. Ya no. Ahora soy adulto y tengo qe ser d bien. O algo. Pero llevar chistera no da comida. Al menos ya nadie cuenta mis meses de bida. ¡Libertad! O algo. Hay mucho de ese algo por aqi. Si le pongo ogitos a la señora del tercero y digo "wunderbar" se apena y me da comida. ¡Vamos progersando! 

Un año y pico en Bellin. Ya conoco a to quisqui. Al final lo mismo que Paris pero ablan raro. Asta eso aprendi. Y un trabajillo aqui y un bolso abierto alli y se ba tirando. No se tira mal. Es l'mismo juego al final: se gana llegando a otro dia. No pido mas. Me yega con eso. Y la ija de la panadera m'pone ogitos y yo a ella. ¡Esta n'el bote! 

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Mi querida esposa.
Separarnos de nuevo tras mi regreso de Francia ha sido doloroso, pero cuando el Rey llama hay que acudir, es lo que dicta el honor y el deber. Mi estancia en Londres para aconsejar a gente cercana a Eduardo VII me ha permitido trabar conocimiento y relacionarme con un interesante grupo de escritores que muchos han comenzado a llamar "los alarmistas". Un nombre sensacionalista, propio de la prensa y no de un debate razonable y razonado, para un grupo que ve el creciente nacionalismo y autoritarismo de Rusia, Grecia e Italia como el nuevo despertar del Leviatán de Hobbes, en sus peores aspectos. Decían del marxismo que su espectro recorría Europa, pero creo que en estos tiempos el fantasma es otro, y de signo contrario. Mucho lucharon Cromwell y los que le siguieron por atemperar el poder del soberano bajo el poder del pueblo, como para ahora ver esos avances amenazados por los cambios históricos. Puede que estos alarmistas no sean los mejores éticos, pero pasaré algo más de tiempo en sus tertulias y debates porque es innegable que tienen bien puesto el oído sobre los hechos históricos de este tiempo y tienen mucho que decir al respecto. 

Mi querida esposa.
La primavera ha llegado a Zurich y eso alivia mi corazón. La bufanda que me tejiste con tanto amor ahora está ya guardada hasta el próximo invierno, pero la mantengo a la vista para que me recuerde a ti y a los niños. En estos meses he conocido a un joven doctor mental llamado Jung, que ha aprendido mucho de Freud pero ha comenzado a seguir su propio camino. Tiene unas ideas muy interesantes en las que está trabajando, sobre lo que llama sombras, la vida secreta de las personas, y más interesante, la idea de un subconsciente colectivo. Creo que tiene razón y va por buen camino, y de hecho lo que vemos al sur de los Alpes o al este de los Urales es precisamente el cambio de ese subconsciente colectivo. Las artes neo-clásicas italianas han debido conectar con esas corrientes de consciencia en el pueblo, inflamando un ardor en el espíritu contrario a la modernidad. Una vanguardia del pasado que regresa para traer nuevo esplendor a una Italia que se ha pasado la mayor parte del último milenio dividida en distintos reinos y países, a menudo enfrentados entre sí u ocupados por españoles o franceses. Quizás este subconsciente colectivo es la razón por la que el arte tiene esa capacidad de llegar al alma de la gente y cambiarla, pero cada pueblo tiene que tener su propio "alma conjunta" pues lo que emociona en Italia no es lo mismo que lleva a la consolidación del zar. 

Mi querida esposa.
Invierno. Invierno de nuevo. Cada vez llevo peor el pasar tanto tiempo lejos de ti y los niños y miro con nostalgia y cierta congoja la bufanda que me has regalado. Berlín es una ciudad nueva, solitaria para mi, amarga. Los alemanes son de un espíritu crítico envidiable, con grandes pensadores que reflexionan sobre el papel de la sociedad y critican muchos de sus problemas. Pero al trato son fríos, mecánicos, centrados en sus trabajos y deberes, pero sin la elegancia y saber estar de nuestros ingleses. Y el invierno que cae en copos de nieve del otro lado de la ventana es parejo al que lentamente cae sobre el mundo. La creciente unidad de la coalición entre nuestro Rey y los países afines me preocupa, he visto los numerosos problemas de la sociedad francesa de cerca y ahora veo los de la alemana. Y aún si la evolución de las ex-colonias americanas es positiva en ciertos sentidos, se están escorando en exceso hacia un malentendido liberalismo que parece más socialismo que otra cosa. Y creo, cada vez más firmemente, que un conflicto entre todas estas naciones es inevitable. Me junto aquí a menudo con pensadores de la talla de Max Weber y su esposa Marianne aunque probablemente el que más me ha impresionado es Edmund Husserl. No vive actualmente en Berlín sino en Göttingen donde da clases, pero a menudo este checo viene de visita. Ha creado todo un movimiento filosófico de enorme importancia llamado la fenomenología y, a partir de sus observaciones sobre matemáticas, ha llegado a unas posiciones extremadamente interesantes sobre la subjetividad, la percepción y las relaciones humanas. Nuestras charlas cuando podemos coincidir siempre son muy ricas y me dejan días y días pensando en las implicaciones éticas y morales que tienen sus enseñanzas. Es probable que cuando acabe el invierno me escape brevemente a su universidad a asistir a algunas de sus lecciones. 

Mi querida esposa. 
Mi tiempo estas semanas de verano con vosotros en nuestro hogar han sido, sin duda, los días más felices y dichosos que se puedan imaginar. Y ahora, con energías renovadas, retomo mi estudio con los filósofos y escritores alemanes, incluso pude conocer a Einstein en una de sus visitas a Berlín, sobre quien había escrito en un periódico durante mi tiempo en París. La idea de la relatividad me parece fascinante, el universo mismo que siempre pareció inamovible depende, a su manera, del punto de vista desde el que se mire y mida. Y eso encaja a nivel cósmico con las ideas de Jung en lo social, o de Husserl en lo individual: nosotros miramos a esas estrellas desde nuestra relatividad, del mismo modo que miramos a nuestro alrededor y a quienes tenemos cerca. Todos distintos, cada uno un universo en si mismo. Si esto no es la base para una tolerancia creciente al entender que las diferencias son parte de la esencia de la humanidad, no sé qué puede serlo. Por eso precisamente mis queridos liberales son la clave, templados por el humanismo de Hume, pues qué mejor foma de respetar esa individualidad hay que no sea el respeto a la libertad de todos los individuos. Eso tiene que ser la definición más cercana a la siempre elusiva definición del bien, y nos trae de vuelta, como todo, al imperativo categórico kantiano. Creo que es hora de aprovechar que estoy en Alemania para visitar su Köningsberg e inspirarme en el mundo que le dio a él todo lo que necesitaba para revolucionar la ética. Y creo que es hora de ponerme a escribir de verdad, no solo las cartas que compartimos, sino un tratado con todo lo que he ido aprendiendo con mis viajes. El mundo es muy diverso, el alma alemana es diferente a la británica, o la francesa, o la suiza, o la americana... aunque tal y como están las cosas ahora veo complicado tener mi libro a tiempo para evitar lo que vaya a pasar. Hace unos años, cuando comenzaron, a los británicos que hablaban de las amenazas del momento los llamaron alarmistas, ahora sin duda habría que llamarlos profetas o, acaso, realistas. Temo que una oscuridad profunda vaya a caer sobre el mundo y lo que me tranquiliza es que vosotros permanecéis a salvo en la fortaleza inexpugnable de las islas. Si Europa arde, como parece más probable con cada nueva noticia y nuevo día, vosotros estaréis bien y, si puedo, iré de vuelta a casa si las cosas se ponen muy complicadas. 

Mi querida esposa.
Las cosas siguen lentamente torciéndose. Te escribo rápido y breve porque con todo el ajetreo y movimiento que hay en los salones berlineses, raramente hay un momento suficientemente prolongado para poner en palabras algo más largo y detallado que un telegrama. Mi libro sigue apenas empezado, he escrito solo los dos primeros capítulos y un poco del tercero, y no creo que vaya a poder seguir avanzando. De tertulia en tertulia, de discusión en discusión, de debate en debate. Lo firmes y mecánicos que pueden ser los alemanes puede ser una bendición o una maldición en estos tiempos, pues son testarudos como pocos una vez ven claras las cosas. Y muchos aun no son conscientes de lo rápido que está cambiando el mundo y la sombra que se profundiza día a día. Temo que sea demasiado tarde para cuando se den cuenta...

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Un nuevo escenario para la misma obra, el drama eterno del conflicto sobre el alma humana. ¿Pero qué significa el cambio para la máscara de porcelana con la sonrisa pintada, cuando no tiene un corazón detrás? ¿Qué diferencia hay realmente cuando lo que uno es simplemente se moldea como arcilla? Nuevos astros que proteger, lejos de la luz de los habituales, ¿cómo iluminarán la noche? 

Cuánto más cambian las cosas, más permanecen iguales. Hora del salir al escenario de nuevo y hacer la burlesca reverencia a un mundo que no entiende la chanza. Tiempo de reir y llorar aunque no haya alma que se conmueva. Esta vez, en alemán en lugar de en francés.

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