Bajo la Égida del Pantheoi 3: Las Manos que Tejen el Destino, la Voz que Declara la Profecía (segunda parte)

 

¿Y qué ocurrió con las otras dos hebras de nuestra historia? Son tan importantes como las tres primeras, sin lugar a dudas, pero llegan con algo de retraso cronológico al nudo del destino donde los hilos convergen en el tapiz. Pero encontremos ahora sus lanzadas en Rome y su lugar en el enorme tapiz que es la historia, el presente y el porvenir que todos los aqueos. 

A Dimitris lo encontramos de nuevo bajo el Coliseo preparándose para el combate. Un simple mortal que ha aceptado el desafío de un semidios, para terror de su entrenador Fedro que está convencido de que todo esto es una mala idea. El ascensor le lleva a la arena donde ya le espera el Terror de Halikarnassos, formal y educado pues el combate es más que una batalla de habilidad y fuerza, es un tributo, un sacrificio a los dioses en el Olimpo. No es un enfrentamiento prolongado, Fenix salta recorriendo la distancia entre ambos en instantes y de un brutal puñetazo arroja al Exiliado contra los muros de antigua piedra de la arena, su conciencia huyendo como la sangre que escapa por la herida. Y en ese estado fuera de si mismo siente un dolor en el estómago, escucha a un pájaro gritar y siente hablarse a si mismo sobre el valor de enfrentarse a los dioses, aunque no es su voz la que escucha. Se despierta a la mañana siguiente en el hospital, con Fedro a su lado que sonríe: todo el mundo está sorprendido de lo rápida que está siendo su recuperación y cuando el luchador le cuenta la historia de su extraño sueño durante la comida en la trattoria, el entrenador no sabe muy bien qué hacer. No es un hombre sabio, más allá de la sabiduría de la calle. Quizás en los templos les puedan ayudar y, a regañadientes, cuando le dan el alta Dimitris acude al santuario de Baco en la ciudad, y aunque no sabe las oraciones correctas ni le gusta estar ahí, sacrifica las protecciones para sus manos que había empleado en el combate con el Terror de Halikarnassos. Pero no recibe claridad ni respuestas. Solo de nuevo, las extrañas visiones en sueños esa noche. Y, despertado en mitad de la noche por su propia pregunta sin respuesta, hace tiempo hasta reunirse con Fedro y convencerlo de que ahora puede hacer cosas que antes eran imposibles, porque algún Dios lo había Elegido. Y, con ello, el camino de ambos les llevaba a Delphi.

A Lyra la encontramos en la Fabrica Vulcano, entre los abrazos y festejos de la victoria inesperada de Teo en el GP de Mercurio. Una victoria que no ha sentado bien al campeón habitual Leander, que entra en el pit subterráneo con insultos y amenazas para la jefa de ingenieros de la escudería. Un conflicto que escalará al separarse, pues el piloto va en busca de los mandamases para conseguir que la despidan. Lo cual no detiene los festejos bajo tierra, especialmente cuando Teo llega y tras beber champán todos juntos, comienza a compartir la información del desempeño del prototipo, en lo que es interrumpido por el veterano Leo que les recuerda que es momento de celebrar y no de trabajar. Unas celebraciones interrumpidas de nuevo cuando el presidente de la escudería desciende con Leander para juntar a ingeniera y piloto en una sala de reuniones y escuchar ambos lados de la historia. Los argumentos técnicos de Lyra son sólidos y mejores que los del piloto, y pese al favoritismo que la escudería siempre ha mostrado por Leander, el presidente demuestra ser un buen pelleño y valorar el honor por encima de sus preferencias o campeones. Pero antes de tomar una decisión quiere un informe de lo ocurrido por ambas partes, así que la joven se encierra en el despacho asignado a ella para colocar los videos, los datos y los argumentos necesarios para conseguir que Leander se tenga que disculpar o, acaso, que le despidan. Es estando allí que recibe la inesperada visita del Consejero de Deportes, Cultura e Imagen Pública de la Casa Real y una extraña conversación surge entre ellos pues el hombre mayor parece interesado en por qué la joven ha corrido los riesgos que ha corrido en un problema que no era suyo. Es tras esta conversación y algo más de celebración que el presidente de la escudería se reune de nuevo con los dos en disputa y, pese a que está de acuerdo con los argumentos de Lyra, la escudería no puede permitirse perder al piloto ya que no podría reemplazarlo y menos en mitad de temporada. Así que se solucionará con una disculpa pública por parte de Leander, que tiene lugar poco después. De camino de vuelta al hotel, la ingeniera se empieza a dar cuenta de pequeñas cosas que no son como siempre, de cómo su mente sigue ágil pese al alcohol, de la claridad de su pensamiento. Y una noche de rápidas y eficaces investigaciones después le hablan de mitos, de las muchas formas en que los Dioses marcan a sus Elegidas y algo en ella empieza a escuchar la llamada distante y extraña de Delphi y su propio destino. 

Sus hebras se entrecruzan en el viaje en avión a la polis del oráculo. Es en el aire donde Lyra reconoce al luchador que vio en las noticias tras la pelea con el Terror de Halikarnassos y, como mujer interesada en el deporte ha seguido su trayectoria ya de antes. Así que se aproxima a saludar y ella también es reconocida por el gladiador y su entrenador, intercambiando unas primeras palabras que señalan que ambos se dirigen al mismo sitio, por idéntico motivo. Y deciden emprender juntos el peregrinaje cuando lleguen a la ciudad a mediodía, previa parada para coger comida para llevar en el ascenso y dejar a Fedro en las calles pues el entrenador no tiene intención de emprender la prolongada subida. Un ascenso, entre templos menores y tesorerías, estatuas y recuerdos de gestas de antaño, que ambos Elegidos hacen sin ninguna dificultad en un tiempo casi récord. Para cuando llegan a la cola que espera ser recibida ante el Hierofante de Apolo, deciden esperar sus turnos con educación y escuchan de los presentes que aquel parecía ser un día bendito por los dioses, pues cuatro Elegidos habían sido recibidos por la Pythia unas horas antes.

Finalmente ante el maestro de sacrificios de Apolo, Dimitris hace entrega de las vendas aun cubiertas de su propia sangre, que le pusieron para tratar las heridas. Marcadas por su sanación casi milagrosa, uno de los dominios de Apolo, el Arquero acepta su ofrenda y le permite encontrarse con la Pythia Tagmatárchi. Lyra ofrece el regalo que tiempo atrás le había hecho su abuelo, gran amante de las carreras de coches, que había sido quien la había iniciado en el camino a convertirse en quien ahora era. Y también el Piloto del Carro Solar vio este sacrificio con buenos ojos y permitió que Helena fuese quien respondiese a la pregunta de la ingeniera.

De lo que ocurrió en el santuario de la Pythia, sagrado templo de Apolo, no hablaremos pues lo que allí transcurre es solo para quienes lo ven y, si acaso, los dioses en el Olimpo. Pero sí podemos confirmar que recibieron sus dones, brazaletes para ella, nudilleras para él. Y que, por la razón que fuese, mientras Dimitris se encontraba dentro, un sacerdote alterado salió del santuario para indicar que la Pythia Tegmatárchi no recibiría más visitas ese día, pese a que aún faltaban horas para que se pusiese el sol. 

Juntos, ambos se reunen frente al templo, mientras extrañados los peregrinos comienzan sus descensos o aceptan ver a otra de las Pythias. En la creciente soledad de la explanada, Lyra parece más confusa sobre su futuro que Dimitris, en cuyos ojos brilla la llama de la determinación. Lo que está claro es que la muchacha porta la marca de una Elegida de Hefesto, y el muchacho la de un Elegido de Prometeo... algo que, que ellos supiesen, no había ocurrido nunca. Al fin y al cabo, el titán está encerrado en el Tártaro bajo permanente tortura por desafiar el mandato de Zeus el Portador de la Égida, Rey del Olimpo, Señor del Rayo. 

Juntos se encaminaron al edificio del registro de la Liga, donde sus hebras finalmente se entrecruzarían con las de los demás. Pero de lo que allí aconteció, y de lo que vino después, tocará hablar en otro momento. 

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