Bajo las sombras del trono
Ven, siéntate conmigo neonato, y te contaré acerca de las noches
en que el mundo cambió para todos. Corría el año 1195 tal y como lo cuentan los
cristianos, y el mundo vivía lo que los cronistas posteriores llamarían el
final de la Larga Noche. Aún faltaba una veintena de años para el saqueo de
Constantinopla a manos de los cruzados, marcando el final de aquella era y el
comienzo de la Guerra de los Príncipes, pero en Iberia aquella ya rugía con
fuerza. Aún faltaba mucho para que el poder se tambalease por todo el Viejo
Mundo durante las Revoluciones Anarquistas, y sin embargo de Castilla a
Granada, los tronos se tambaleaban bajo el empuje de poderes opuestos.
Nosotros no habitamos, jovenzuelo, en los altos salones.
Como la tribu de Jehova a la que pertenecemos, vivimos ocultos, escondidos,
cazados. Pero seguimos siendo los elegidos de Yahve. Y eso se manifiesta en
nuestro poder, crío, que todos atesoran y desean.
He visto joyas de gran valor acabar en mis manos porque una
Toreador deseaba conocer la última moda en las cortes de Flandes. Altos señores
Ventrue que se ríen de nosotros en público y luego venderían a su madre por
conocer la disposición de tropas de los ejércitos de las taifas. Escurridizos
Lasombra dispuestos a matar por conocer los peones de sus rivales…
Y nosotros, jovenzuelo, sabemos todo eso. Y más, mucho más,
todo aquello que incluso ellos ignoran que desean saber.
Así que inclínate ante los que se creen dignos, diles mucho “si
Señor, claro Señor, por supuesto Señor”… Deja que se rían del título de Señor
del Zocodover, mucho menos importante que Príncipe de Toledo, Grande de España,
Rey del Mar de Sombras. Permite que se rían de quienes son los Guardianes de la
Paz, de los títulos de los pequeños, de las ratas que nos arrastramos en las
sombras a los pies de sus altos tronos…
Y, cuando vengan implorando por nueva información clave,
sonríe, humíllate si hace falta a sus pies pero asegúrate, ahora y siempre, de
que la información que compartas sirva para el bienestar de los nuestros.
Porque, por grandes que se crean, ninguno de ellos es comparable a los horrores
que Absimiliard ha lanzado a por nosotros.
Somos sucios, humildes, descastados, cazados por nuestro
propio creador. Pero estamos unidos, en la oscuridad de las ratas y la pocilga
de cloacas y tumbas. Unidos en las sombras y el dolor. Unidos en el
conocimiento.
Y todo ello, jovenzuelo, es poder.
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